7/08/2009

Lo Nuestro: Horacio Castellanos Moya

El Escritor Moya (como le llama el personaje del libro) nació en Honduras, pero se crió y educó en El Salvador, y él mismo dice que es salvadoreño. He leído dos obras suyas, pero esta que hoy traigo, EL ASCO, lo leí de un zarpazo en un vuelo de San salvador a Chicago hace unos años. El Asco es un libro de 119 páginas donde el personaje principal, Eduardo Vega, le cuenta a Castellanos Moya sus "impresiones" sobre su estadía de un mes en San Salvador después de 18 años viviendo en Canadá.

Este libro podría ser ofensivo para patrioteros, pero a mi no me sorprendió porque cuando lo leí ya había tenido contacto con dos Vegas: uno fungía de director de un departamento en un reconocido hospital de Chicago y su caricatura física era como Vega describe a la oficial de migración en Comalapa: enano, prieto y trompudo... pero se creía todo un gringo blanco con nombre cambiado y agringado, o sea todo un malinche..., como el asqueroso Vega.

EL ASCO
(Fragmento)

El peor de todos los paseos, Moya, el más infame de esos paseos, el que me destrozó casi completamente, el que me dejó con los nervios hechos polvo, fue la nefasta idea de mi hermano de llevarme al puerto, su nefasta ocurrencia de que fuéramos al mar, a comer mariscos y a bañarnos, junto con su esposa y los dos perniciosos infantes, porque se supone que un salvadoreñito recién llegado luego de muchos años en el extranjero lo que más anhela es viajar a la playa, aprovechar que el puerto está apenas a treinta kilómetros de San Salvador, mi hermano imaginaba, pues, que yo venía con el rebosante deseo de viajar al puerto, me dijo Vega. Un puerto asqueroso, Moya, un puerto que se llama “La Libertad” en un país como este solo puede ser producto de una mente pérfida, llamar “La Libertad” a un puerto inservible y abandonado es más que una broma, llamar “La Libertad” a un muelle destartalado a punto de derrumbarse dentro de las aguas muestra claramente el concepto de libertad que tiene esta gente, Moya, es un puerto deprimente, un lugar realmente horrible, así se lo dije a mi hermano, que yo no entendía como él podía considerar una diversión la visita a un lugar tan deprimente, un lugar en el que hace un calor embrutecedor, donde el sol golpea con saña embrutecedora, donde los habitantes tienen la típica expresión de quien ha sido embrutecido por el calor y por el sol desde siempre, me dijo Vega. Mi hermano insistió en que nos quedáramos en un restaurante de nombre Punta Roca, ubicado frente a la playa, a unos quinientos metros del muelle destartalado, un restaurante cuyo atractivo es la inmediatez de la playa y la vista hacia el mar y hacia el muelle destartalado, un restaurante que toleré solo porque me protegía del sol embrutecedor y dejaba correr una brisa que apenas hacía mella en aquel compacto calor embrutecedor, me dijo Vega. Y una vez instalados en ese restaurante, Moya, con los perniciosos niños fastidiando a cual más, mi hermano me invito a comer un coctel de conchas, me dijo que no había nada más placentero para aquel que regresa al país que saborear un coctel de conchas en la playa y con una Pilsener bien helada, así me dijo, Moya, como si yo no le hubiera advertido que esa asquerosa cerveza me produce diarrea, como si no le hubiera dicho que yo no tenia ningún deseo de comer un coctel de conchas, por la simple y sencilla razón de que las conchas me producen asco, no hay cosa más repugnante que esos mariscos retorciéndose bajo el jugo de limón. Me parece inconcebible que alguien pueda comer semejante asquerosidad Moya, una sola vez probé esos bichos hace más de veinte años, una sola vez bastó para constatar que esos inmundos bichos saben a excremento, nada hay más parecido a comer excremento que comer conchas, el sabor de las conchas únicamente puedo asociarlo con el sabor de los excrementos, algo nauseabundo, Moya, un acto verdaderamente nauseabundo que sólo puede ocurrírsele a la gente embrutecida por el sol y el calor de la costa, así se lo dije a mi hermano, que yo no tenía el menor interés de comer algo tan nauseabundo como un coctel de conchas, que por nada del mundo estaba dispuesto a meterme a la boca unos bichos vivos con sabor a excremento, me dijo Vega. Mi hermano se molestó, Moya, en especial porque le dije que las conchas me parecían aun más nauseabundas que las pupusas, que el hecho de que las conchas y las pupusas fueran los principales platillos típicos del país sólo venía a confirmar mi idea de que aquí la gente tiene el paladar atrofiado. No te imaginas como sufrí en ese paseo, Moya, no te imaginas el grado de desesperación a que me llevó el bochorno embrutecedor de ese sol y ese calor, ni te imaginas el nivel de irritación nerviosa que alcance en ese puerto bajo el ataque embrutecedor de ese sol y ese calor…

HORACIO CASTELLANOS MOYA

Tamen
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