10/02/2009

Escuela Joaquín Rodezno

Revisando el pasquín del loco quiquito (sigo sosteniendo que es siempre saludable saber que anda haciendo Eysinoboobo) me encontré esta foto de mi escuela primaria Joaquín Rodezno. Verla enrejada me hizo sentir un punzón inexplicable, aun después de casi medio siglo, pero esa reja representa a gritos la realidad en la que vive mi gente.

La última vez que vi mi escuela fue en el 2007 cuando pasamos en carro con uno de los dos únicos ex compañeros que estuvieron conmigo en esa escuela, y que tengo contacto, la jodida es que yo iba manejando y no pude apreciar bien como hoy con esta foto.

Había varias escuelas en la pequeña ciudad de San Salvador de la década de los 60s, en aquellos días vivíamos allí unos 250 mil guanacos y aún era posible, gracias a la rivalidad en fútbol, conocer la mayoría de escuelas, como la Gamboa o la Brasil.

Sobre el nombre de la escuela, no recuerdo se nos haya enseñado quien fue el tal Joaquín Rodezno, o que había hecho para merecer una escuela con su nombre, lo mismo diría de Juan José Laínez, o de Raimundo Lazo, etc., yo siempre quise saber quien escogía el nombre de las escuelas.

Cuando mi madre me llevó a matricularme en primer grado en la Joaquín Rodezno #1, yo iba cumplir siete años, esa era la edad requerida entonces para ingresar a la escuela primaria, recién me había “graduado” del kindergarten del Parque Infantil donde pasé dos años, y fue entonces cuando definitivamente se abrió mi reserva de memoria.

En la escuela Joaquín Rodezno #1, o sea por la mañana, sólo había primaria, pero en la tarde, la Joaquín Rodezno #2, había Plan Básico además de primaria.

El edificio, tal como lo recuerdo, era grande por dentro, constaba de dos patios para jugar, y era de dos plantas. Entonces la directora era la señora Sofía viuda de Linares.

En primer grado mi profesora fue la "señorita" Elizabeth López y López, una mujer joven y atractiva, que llamaba a sus estudiantes no por su nombre, sino en base a alguna peculiaridad, a mi me llamaba “pestañitas” porque decía tenía pestañas grandes… la jodida es que yo me creí la paja… a otro le llamaba “gato” por los ojos azules… “César Costa” porque ella decía se parecía al entonces famoso cantante.

Recién comenzaba primer grado cuando mi tata se cayó de unas gradas y se quebró el pie, esto lo imposibilitó por buen rato y él lo usó para enseñarme a leer y escribir usando el libro Mantilla, entonces cuando cumplí un mes en la escuela yo ya sabía leer y escribir. La “señorita” López y López se emocionó y sacando pecho me llevó a mostrarme como enano de circo a los otros primeros y hasta me llevó donde la directora para que viera ya sabía leer. Ese año yo fui el favorito de la señorita López y López.

Nunca dije nada en la escuela, nunca conté que mi padre se sentó largas tardes conmigo en el jardín del mesón, con su pierna enyesada, sus muletas a la par, y el libro Mantilla en sus manos. Mi padre fue quien me enseño a leer.

En segundo y tercer grado toqué con el profesor José Salvador Cerén Quiñonez, un maestro que le fascinaban dos cosas: que le quitaran las canas del bigote y que le pulieran el anillo con jade negro. La ventaja de ser elegido para pasar la mañana quitando canas o puliendo anillo era que quien lo hacía estaba exento de pasar al pizarrón, ¡qué alivian!, pues si no se sabía hacer la resta se recibía los reglazos en la mano del señor Cerén.

Cuarto grado fue Moisés Tobar, “Benitín” porque era chiquito y pelón, este era un profesor afable y sustituía al profesor de música en ausencia de este. Entonces un día a mediados de año nos juntaron con el otro cuarto grado de la maestra Judith Alejandrina de Mixco, y así pasamos casi un mes porque el maestro Tobar agarraba zumba de un mes cada año. Y no sería el único maestro que conocería con este hobby.

Pero fue el quinto y sexto grado los que más disfrutaría y aprendería. Sucedía entonces que en los tres cuartos grados que tenía la escuela existía un terror entre la mara de tocar el quinto o sexto con el señor Daniel Ortiz, un temible profesor con su “ley del grado”, un cincho con los que verguiada a los que no estudiaban. En esos días era permitido que el maestro taleguiara a los estudiantes mal portados o huevones.

Daniel Antonio Ortiz fue mi profesor en quinto y sexto grado, ¡un verga de profesor!, paloma, pero de esos palomas que uno termina queriendo.

Tamen
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