5/06/2009

El Viaje

A las cinco de la mañana de un primero de septiembre a inicios de la década de los 70s, mi amigo Andrés y yo, ambos en la flor de la adolescencia, llegábamos a la estación central de trenes ubicada anexo a la terminal de oriente en la ciudad capital de San Salvador.

Mi parna se veía animado y optimista, yo al contrario me sentía nefasto y desgastado. Él había pasado dos meses lavándome el coco para ir por dos semanas donde familiares suyos en la ciudad oriental de La Unión, en el golfo de Fonseca. Más por lástima acepté hacerle gallo, pero le puse la condición de sólo por una semana.

¡Yo hasta entonces odiaba los pueblos!... particularmente los portuarios, sólo uno conocía y la soledad que pasé un año atrás en el Puerto de La Libertad nunca la olvidaba, me había jurado nunca más ir a pueblos... ¡Pero iba a tragarme pronto mi juramento gracias a una bella gente y un diferente ambiente!

El viejo tren motor diesel amarillo, desperdicio de algún país europeo o los yanquis, arrancó a las seis de la mañana con rumbo a la ciudad más septentrional al oriente del país. ¡10 horas de viaje comenzaban!. La máquina del tren era una de las "nuevas" locomotoras diesel recién compradas por FES (Ferrocarriles El Salvador), y consistía cómo de 20 vagones, pero sólo cuatro de pasajeros, los demás vagones eran para cargo.

Fue en 1964 cuando por primera vez me monté en un tren, esta vez era la IRCA de los ingleses, fue un viaje de Semana Santa a visitar familiares en una finca “a unas leguas” de Cojutepeque. Para entonces sólo existían viejas locomotoras de carbón, con vagones y bancas de madera de las que aún quedaban pues el vagón inicial que escogimos tenía estas ordinarias bancas de dura madera, entonces nos fuimos hasta el último vagón del tren, ¡el único que tenía los "nuevos" asientos acolchonados!, e iba vacío... a excepción del banderillero del tren.

El banderillero era un hombre color de mi piel, de mediana edad, apestoso a alcohol, se encargaba en cada estación de dar el banderillazo de salida al guía de la locomotora 20 vagones adelante.

Inmediatamente el tren arrancó el singular banderillero se metió al cubículo tipo-avión que servía de baño, pero a diferencia de los aviones, en éstos, al levantarse la tapadera de la tasa salía un ruido espantoso que sólo al sentarse medio se apaciguaba, peor aún, las excretas caían al ambiente, sobre los rieles.

Al buen rato el banderillero salió del cubículo ojos vidriosos y apestando a alcohol, se había hecho sangre un tapis de muñecoff, saliendo de San Martín se volvió encerrar en la letrina-cubícolo y entonces salió súper zapatón.
Comenzó a platicar con nosotros acerca del fútbol y el equipo griego Panathinaikos, venido desde Grecia para jugar con la selección el domingo…, y cuando hablaba también fumaba cigarros" Embajadores" sin filtro como la máquina del tren, si hoy yo lo viera diría que estaba fumando mota, pero entonces yo era cero vicios.

Mi Amigo cayó en profundo sueño y el banderillero me empezó a aburrir.

A las 10 de la mañana llegamos en la cercan el tren comenzó serpenteando sobre la bajada de una montaña, y a lo lejos se veía un enorme valle con rectángulos de diferentes colores por doquier; en medio del valle se arrastraba un pequeño río que culebreaba todo lo largo del cultivado valle: ¡El Río Jiboa, el tercer más largo del país!... Más al fondo, en aquélla mañana asoleado, asomaban dos picos brillantes por el sol, y en sus faldas sobresalía del horizonte policromado la Iglesia de Verapaz, en el departamento de San Vicente.

¡Entrábamos en el Valle de Jiboa!... Era una rica zona agrícola irrigada por el río Jiboa y varios afluentes. En el valle se cultivaba principalmente caña de azúcar pero también vegetales, y sobresalían innumerables sembradíos de caña, arroz, frijoles, legumbres, frutas..., el valle tenía incontables y verdosas colinas con múltiples riachuelos que corrían en todas direcciones y desembocando en el río Jiboa.

Al mediodía atravesábamos en línea recta una enorme hacienda, los capullos blancos del algodón se perdían en el horizonte; la hacienda era tan grande que mi vista no veía el final en ambos lados del vagón. Indudable era que la vía férrea surcaba en la mitad de esta enorme extensión de tierra... y hacía recordar el popular refrán de entonces: “Mucha tierra en muy pocas manos”.

La hacienda se encontraba en el departamento de Usulután y se llamaba "La Carrera", pertenecía al oligarca inglés Juan Wright, foránea familia oligarca de cuyo seno hoy tenemos al vampiro Julio Rank Wright. Según se decía entre mi gente la propiedad tenía "miles de caballerías".

Pero al terminar este vivo ejemplo "de mucha tierra en muy pocas manos", el paisaje cambiaba tan de súbito, como si después de fertilidad... ¡de pronto!... sigue la muerte, era igual que salir de una casa del rico para entrar a una del pobre... piedra de lava muerta se perdía en el horizonte, no se veía muestra de vida en todo lo que abarcaba mi vista, ¡¡apenas escasos y sencillos arbusto asomaban de vez en cuando. Al dirigir mi vista hacia el norte, el inmenso volcán Chaparrastique, ¡cómo un Rey!, dominaba la estéril vista de sus dominios. Era el segundo volcán más alto de la docena que forman una cadena a lo largo del litoral costero del país, había hecho erupción hacía muchos años y la enorme extensión de lava lo afirmaba.

Pero pasado el mediodía, y con ocho horas de tren, llegamos al departamento de San Miguel, la entonces tercera yo hoy segunda ciudad más populosa del país. El abanderado, que ya entonces se veía a verga, se le había terminado el guaro, sin tanta paja nos dio dos colones y se atrevió a pedirnos que fuéramos a una cantina cercana a comprarle una pacha "el Migueleño", aguardiente de la caña de azúcar y producido y vendido localmente, la pacha valía 1:15. “Y hay se quedan con el cambio”.

Los expendios de aguardientes, o cantinas, se encontraban por doquier y en El Salvador entonces se vendía alcohol y cigarros, así como se vendían medicinas, a cualquiera que tuviera el dinero y supiera preguntar; quizá, adelantándose a su tiempo, no les importaba edad o sexo.

Nomás le dimos la pacha y el banderillero se metió al baño para no salir hasta casi media hora después... ¡y en franca talega!...

Con esa salida sentí el deshidratante calor de San Miguel, famoso por sus garrobos y comencé a sudar profuso... ¡algo peor me esperaba!...

Hora y media después de haber salido de la ciudad de San Miguel, el tren de nuevo comenzó a bajar una montaña. En la distancia se veía mirando hacia el norte la cúpula y dos torres de una iglesia color blanco rodeado de un enorme caserío moreno reposando a la orilla del mar. Y hacia el sur de la ciudad descollaba la presencia del cerro de Conchagua... ¡el guardián de la ciudad!... no se divisaban edificios de más de dos pisos...

Pero algo más atrajo mi atención más allá de la ciudad..., ¡era como un anillo de bodas lleno de azul, dentro del cual La Unión era la piedra preciosa!...

… Contemplé fascinado lo que el español Andrés Niño vería por vez primera siglos atrás, la maravillosa entrada de mar formando un enorme círculo dentro de tierra:

¡El Golfo de Fonseca!

Tamen