5/08/2009

Lo Nuestro: Soylamar

Reina I Valenzuela, que escribe bajo el seudónimo de Soylamar, es una escritora salvadoreña que reside en USA desde hace muchos años, y este es uno de los muchos excelentes escritos que ella tiene:

EL DESPERTAR

No hubiera abierto los ojos, pensé. Mejor no hubiera despertado de un sueño a una pesadilla. Pero mis ojos se abrieron y ví el día soleado. Frente a mi cara una estrecha ventanilla me dejaba espiar hacia afuera. La ventanilla estaba abierta, cómo era costumbre en mi pueblo, para que el sol alumbre por última vez los cuerpos que se van, mejor dicho que se quedan pero tres metros bajo tierra. Trás el cristal ví el camino que quedaba atrás, aunque solo veía el cielo azúl, algunas nubes, y los zopes que acostumbran pasear en los días de luto. También alcancé a ver las ramas de los árboles de la derecha, la procesión del entierro iba a un lado de la calle.

Ví como si una corona de rosas blancas adornaban mi frente, imaginé su olor, pero la verdad no olía nada. También imaginé que cantaban y lloraban por mí, pero todo estaba silencioso. No me podía mover, mi cuerpo pesado y duro no me respondió. Era un cuerpo dormido, quieto, ese mismo que nos hace sentir fuertes y valiosos mientras vivimos, pero que en un momento se vuelve frágil e indeferente a ese yo que lo domina. El cuerpo membrudo se queda roto como el árbol más delicado, como el lazo más fino; esa materia que nos engaña fácilmente por que ni es más grandioso que un grano de arena ni más fuerte que una roca. Pues al final sólo queda eso que llaman espíritu. Y el mío, mi espíritu curioso, parecía haberse quedado espiando por las ventanas de mi cuerpo, mis ojos.

Yo no lo creía, me resistía a creer semejante cosa. Hasta que después de cielo, nubes, aves y ramas, se entreveró en el paisaje el inmenso portalón blanco, casi gris y agrietado, del viejo sementerio del pueblo. Quise gritar con todas mis fuerzas, quebrar aquella ventanilla a manotazos dar de patadas a esa caja y escapar...¡escapar!

De pronto dieron media vuelta, quedando el sol frente a mí. Mis ojos entreabiertos se cerraron bruscamente, luego sentí que mi cuerpo bajaba. La sombra de los que se asomaban a verme las sentía perfectamente sobre mí. Eran pocas y pasaban con rapidez. Y me pregunté, ¿Tan mal está mi apariencia que no se detienen a contemplarme? De pronto sentí que una mirada se clavó en mí y abrí los ojos lo más que pude, era mi abuelita que hacía una cruz con sus dedos sobre el vidrio en dirección a mi frente, cómo cuando salía para la iglesia. Ahora me miraba con una media sonrisa, que mezcladas con sus lágrimas, me pareció como una mueca. Luego me susurró algo, y pensé oirla decir: - "Pronto nos veremos". Ella siempre ha creído que la muerte es vida. Me llené de horror al pensar que yo la estaba viendo y ella... ¿Cómo és que no se fijó en mis ojos abiertos? Talvéz sólo quize abrirlos, sólo imaginé ver, pero el cuerpo de carne y hueso seguía dormido, inmóvil. ¿Quién puede explicarlo? ¡Ah! ¿Pero porqué preocuparse por ver en ese momento si pasamos toda una vida a ciegas?

Después hubo sombra, solo sombra, cerraron la ventanilla de madera y sentí que mi cuerpo bajaba, bajaba lentamente. Tenía que gritar, tenía que hacer algo antes de la primera palada de tierra, pero no había nada por hacer. Dicen que para todo hay solución en la vida menos para la muerte. Es verdad, pensé, pues la muerte es la solución de un problema muy grande que se llama vivir.

Había pasado un tiempo ya. Sabía que detrás de ésas tablas forradas de encajes y seda por dentro, al lado de afuera había sólo tierra, negra y húmeda. Era la tierra dejada por otros que murieron antes que yo. Mis antepasados convertidos en polvo, aquellos desconocidos, sin nombre, que parecían destinados a recibir mis restos. Y de pronto pensé que era bello que mi cuerpo decansara en mi tierra. Resignada, sólo me quedaba una solución y ésta llegaría sola. Sólo faltaba un poco de tiempo, sólo un poco más. Y allí se quedó mi cuerpo yerto y mi mente esperando. Sentí que algo cambió, de pronto me sentí liberada. Tenía la impresión de que miraba aunque todo estaba obscuro. Mis ojos mecánicamente se dirigieron a una rendija de una pequeña ventana por la que creo, entraba luz, ¡luz!. No me había dado cuenta que estaba bañada en lágrimas y sudor. Mi cuerpo estaba tieso y mi quijada temblaba; miraba fija la ventanilla. Desorientada, no recordaba que estaba durmiendo en el cuartito del sótano, era la primera vez y no reconocía el lugar. Pasé un largo rato llena de espanto. Comencé a sentir mi cuerpo, respiraba despacio, dejé de sudar, de llorar y temblar. Me atreví con temor a mover mis manos y mis pies. ¡Qué alivio! El cuerpo me respondía; mis cabellos largos estaban tortoleados en mi cuello, las sábanas y la colcha enrolladas en mi cuerpo. Con cuidado desenredé mi pelo y desenrollé las cobijas. Me levanté sin encender la lámpara, me dirigí a la ventanilla y la abrí, amanecía. Regresé a la cama y me senté, recogí la almohada que yacía en el suelo y la apreté contra mi pecho. Solté una carcajada nerviosa mezclada con llanto, pero creo que estaba alegre. Me recosté sobre mi cama mirando a la ventanilla abierta, y así me quedé esperando a ver salir el sol, esperando a que saliera, esperando...

SOYLAMAR

Copyright ©1997. R.I.Valenzuela
Todos los derechos reservados


Prestado de CUSCATLÁN

Tamen
.