5/09/2009

No Son Los Muertos...

Mi Madre murió un lunes por la noche en 1968, su vida de 42 años terminó cuando su cabeza se estrelló en una pared del difunto mercado Emporium, en la esquina de la Avenida España y 3ª Calle Poniente, allí quedaba la Ferretería “Flecha Roja”. Un bus de la Ruta 1 colisionó el pick up en el cual ella viajaba.

Yo seguía impúber cuando ella murió, este año son 41 años de su muerte que en buen caliche salvadoreño se diría que hasta “paja puede ser”. Pero hay seres humanos que aún muertos, como dice el poema, “viven todavía”.

Yo soy de esa generación que fui criado venerando mis padres y el maestro de escuela, que a “los mayores” se les trataba de usted y se respetaban, que cedía mi asiento en el bus a los ancianos y mujeres chineando…, en fin de esa generación que creía que volarse la paja era pecado.

Y soy de esa generación que venera y no olvida aunque el amado e inolvidable esté muerto, porque como dice el poema por eso hay muertos que en el mundo viven…” Mi Madre nunca me abandonó, sigue en mí y en mi sombra.

MI MADRE

Era un mesón como muchos y de mucha edad,
cuatro hermanos, mis padres, Mi Familia, todos
juntos en el cuartucho, lado a lado hacinados
en el viejo barrio del centro de la gran ciudad.

Mi Madre, llena de espíritu emprendedor,
un día, se le ocurrió pensando con osadía,
que aumentaría nuestro pan de cada día,
hacer del cuartucho un pequeño comedor.

Abrió crédito en el mercado y con empeños,
consiguió hacerse de unas mesas y sillas;
con devoción y fe a San Martín le pedía
que le ayudara a sacar adelante sus sueños.

El santo negro la oyó, pues al tercer día
de abierto el comedor, comensales por fin
llegaron. Su fe y su devoción a Fray Martín
subió, y también su negocio que se expandía.

Minutas, refrescos, tamales y tortillas;
Mi Madre parecía feliz y entusiasmada,
y así planeaba, a la manera corporada,
cambiar de local con más mesas y sillas.

Con plegarias, devoción, trabajo y energía
su comedor creció próspero con el tiempo,
pero su algarabía se convirtió en lamento
cuando el alcohol hizo su aparición sombría.

Ella aumento sus ruegos y pedidos a su Santo,
los miembros mayores de Mi Familia al alcohol
así un día, mientras ellos hacían de Baco su sol,
encontré a Mi Madre, sola, en doloroso llanto.

El castigo de su Santo y su Dios no tardó en venir,
pues sí a través de ella nos habían dado bonanza,
a través de ella nos quitarían nuestra esperanza,
haciendo infierno nuestras vidas, funesto el porvenir.

Un frío Noviembre, Dios mostró su merced
arrebatando su alma bruscamente, Mi Madre
nos dejó para siempre, y la miel en vinagre
se convirtió, como condena a nuestra vil sed.

Con ella murió Mi Familia, tal como la conocía,
y el averno llegó a nuestras vidas ese momento.
El Eterno, impávido, ignoró nuestro lamento
recordándonos el infierno que vivió la Madre Mía.


Tamen
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