1/13/2009

13 de Enero 2001

Quizás eran las 10:30 de la mañana cuando me disponía a dormir porque me esperaban 24 horas de turno que comenzaban ese día a las 3 de la tarde…. pero entonces todo comenzó a temblar.

Hacía casi 15 meses había regresado a Mi Tierra después de 18 años ausente, y este era el cuarto o quinto temblor que sentía desde mi llegada. Había hecho ritual dirigirme al marco de la puerta del baño y aguantar las sacudidas.

Vivía en el tercer piso de un edificio de apartamentos en lo que antaño mis abuelos llamaban “Lomas de Candelaria”; pero hoy complejos habitacionales cubrían esas lomas. El edificio en el cual vivía estaba (no sé si aún sigue en pie) ubicado bien arriba del estadio Cuscatlán, esquina opuesta del chupadero llamado El Neptuno. El building parecía macizo y fue construido después del terremoto del 86.

El temblor lo sentí como estar entre las olas del mar que tanto me gustan, o sea aquellas que no son tumbos sino lo levantan y bajan a uno mientras se grita de alegría, lo sentí lento, ondulante y constante, 15 segundos pasan y mis CDs caen al piso. Los anteriores temblores duraron no más de 15 segundos, pero este ya rebasaba ese umbral, oí el crujir de paredes, el golpeteo de láminas, el sonido de platos de porcelana y metal al caer y quebrarse... 30 segundos, el temblor arrecia y termina en una fuerte sacudida.

El total silencio posterior dura sólo unos segundos, los gritos y llantos en la calle siguen. Yo suelto mi trinchera del marco de la puerta y siento mis piernas aún temblar ¿o era aún el temblor? Busco una silla y me siento en la sala. Todos los inquilinos del edificio han huído y están en la calle, y yo debí haber hecho igual, pero el shock no me hacía pensar, entonces me senté.

Desde la ventana de mi apartamento se apreciaba San Salvador allá abajo y el Boquerón enfrente. Entonces me di cuenta que una enorme nube negra salía del cráter del volcán ¿irá a hacer erupción?

Los vecinos en la calle me ven y me gritan que corra a unírmeles, me doy cuenta sigo en calzoncillos, me aparto rápido de la ventana. Me vuelvo a sentar, a tratar de controlarme, entonces decido vestirme y salgo a la calle.

La energía eléctrica, el agua y teléfono habían sido cortados, y un helicóptero empezaba a sobrevolarnos. Desde afuera, el edifico mismo y todas las casas vecinas no se observaban con mayores daños, entonces comienza mi gente "¡uy qué susto!", "qué temblor más fuerte ¿va´a?","ay, ojalá a mi mamá no le haya pasado nada", "hay que ir a comprar agua y candelas"... Los carros empezaron a abarrotar la calle.

Me meto a mi carro con una vecina a escuchar la radio. Sólo la KL estaba al aire y decía que el temblor fue magnitud 5.8, de acuerdo a nuestro centro de sismología. "Eso no es cierto" me dice la vecina, "fue de más".

11:30 am. Decido que no tenía objeto quedarme en el apartamento, todos los vecinos estaban empacando y preparándose a irse con parientes. ¡Irónico pero yo no tengo familia en El Salvador! Toda mi familia vive en Chicago o Houston, recién regresaba de Chicago de pasar Navidad con ellos. Entonces arranco mi carro y decido hacer los 45 minutos a Zacatecoluca.

En la autopista a Comalapa me detengo en una estación TEXACO, igual a las que abundan en cualquier ciudad de USA, con su mini market repleto de gente, pero se había acabado el agua “cristal”; me limito a comprar una cajetilla de Malboro lights, una seven up en lata y unos nachos, mi lunch.

Un tramo de la carretera está agrietado y varios paredones en la orilla se han derrumbado con todo y árboles, me encuentro con pocos vehículos circulando. A la altura de Santo Tomas un derrumbe y un bus partido en la mitad por una enorme roca, siete murieron allí. La KL transmite mensajes de familias preocupadas por los suyos. Llego al desvío del litoral y me doy cuenta que hasta allí había llegado el terremoto, la gente ya había tendido champas al aire libre fuera de sus casas.

Arribo a Zacatecoluca sin incidentes pasado el mediodía, y también allí se veía las secuelas de la tragedia. Las casa hechas del material del pueblo: Bahareque, se habían derrumbado. Crucé el pueblo y llegué al Hospital. Era estudiante de sexto año de medicina asignado allí.

Este hospital fue construido en 1978 por Alemania, y junto al de Chalatenango y Usulután son arquitecturalmente iguales y con igual fachadas. Eran "anti-terremotos", -al menos así decía la placa- y construidos sobre rodos y resortes, pero, a excepción de Chalatenango, los otros dos fueron heridos de muerte, el de Zacatecoluca en particular llegó a ser totalmente inoperable por el segundo terremoto.

El caos en el Hospital era evidente. El edificio había sido evacuado y tiendas y lonas corrían en todo el parqueo. Ya estaba repleto de pacientes. Los más lesionados eran niños con huesos quebrados, especialmente de manos al tratar de detener la pared que les caía encima, también mostraban heridas abiertas y contusiones. La excitación suturando, poniendo férulas, calmando a madres y niños me hizo olvidar que había sobrevivido el segundo terremoto de mi vida (en 1965 fuel el primero)... y aún otro más un mes después.

Llegó la noche y la calma, excepto por el pijo de "réplicas", y al fin pude ver las noticias y enterarme de la inmensidad de la tragedia. En la colonia Las Colonias vivía mi mejor amigo de siempre y al enterarme de la tragedia allí, temí lo peor, comencé hacer llamadas. Los servicios de luz y teléfono habían sido restablecidos y aunque no pude comunicarme con él, supe que toda su familia se había salvado, no así todas su pertenencias.

Hoy, ocho años después, esos damnificados han sido olvidados, tal como los otros damnificados de los terremotos del 65 y del 86.

Nadie habla de la enorme ayuda que llegó y los campamentos provisionales que se levantaron, muchos siguen allí, y quizás hoy son zonas marginales. Tal como los que quedan de los otros dos terremotos.

Tamen