1/22/2009

Lo Nuestro: Pedro Geoffroy Rivas

LENGUA Y CULTURA EN ELSALVADOR

Basta el somero análisis que antecede para justificar mi aserto en el sentido de que en El Salvador no hablamos español –mucho menos castellano- sino una de las numerosas formas dialectales en que se fragmentó el español en el continente americano.

No se trata, pues, de un español "corrupto" o vulgar, como han venido afirmando a lo largo de más de cuatrocientos años los puristas, quienes, a estas alturas de la investigación lingüística, aún forcejean por la "conservación" del idioma. Apegados todavía al afán medieval de filosofar acerca del habla, nuestros ilustres gramáticos olvidan o ignoran deliberadamente que están frente a un fenómeno histórico, cambiante y multiforme, que solo puede ser conservado cuando ha muerto. Porque el idioma vivo jamás puede aquietarse. Sufre constantes variaciones, de un grupo a otro dentro de cada grupo, en cada individuo, sin que ello signifique la pérdida de los contornos que la caracterizan. Eduardo Sapir, uno de los más acuciosos investigadores del lenguaje, dice que este es un arte que, como todo arte, se está remodelando constantemente. "lenguaje -afirma Sapir- es el arte de mayor amplitud y solidez que conocemos, porque es la obra gigantesca y anónima de incontables generaciones". Esta es la razón de que no podamos identificar a una lengua por su diccionario.

El purismo constituye en realidad una falta científica contra la lengua. Ante todo porque es esencialmente anti-evolucionista. Nuestros puristas sueñan con inmovilizar la lengua. Cuando evocan su buen uso, nos remiten generalmente a Cervantes, como si nada hubiese sucedido en el ámbito del idioma español en los cuatrocientos años que nos separan del Quijote. Por su cuenta, debemos hablar como hablaron Ruy Díaz de Vivar, el Marqués de Santillana o Isabel la Católica, y el texto único para la enseñanza del idioma sería la Gramática de don Antonio de Nebrija. Ignoran que los puristas de los siglos XII Y XIII llamaban "lengua corrupta o vulgar" al castellano, pretendiendo que se hablase en latín.

El castellano, instrumento de dominio, impuesto desde arriba por un reducido grupo de conquistadores a la inmensa masa de los conquistados, provocó desde los primeros contactos una división de tipo clasista entre lengua culta y habla popular. Los españoles, y más tarde los criollos, si bien adoptaron un amplio vocabulario nahua, conservaron celosamente la morfología y la sintaxis de su idioma original, adaptando los vocablos indígenas a sus necesidades de expresión. El nahua, en cambio, aprende la lengua impuesta sin conocer ni aplicar las normas que rigen el bien decir, pensando -como ya hemos dicho- en su propio idioma y traduciendo al castellano, trasladando así a la lengua adquirida sus formas de pensamiento y de dicción, con lo cual introduce cambios radicales, tanto morfológicos como sintácticos. Tales cambios fueron más profundos y notorios en las zonas marginales, sin escuelas ni letrados, con menores y mas esporádicos contactos con la metrópolis, que en aquellos centros de administración colonial, como México y Lima, donde el proceso de nivelación de que habla Alonso se mantuvo a todo lo largo de la Colonia.

Aunque no existe una correlación forzosa entre lengua, sociedad y cultura ni una relación de causa a efecto entre cultura y lenguaje, resulta evidente que el contenido del lenguaje está íntimamente relacionado con la cultura y que el vocabulario de cada lengua refleja con gran fidelidad la cultura a cuyo servicio se encuentra. En el ámbito cultural se registra también la división clasista. Hay una expresión elitista, europeizante y eminentemente literaria, exclusiva del grupo dirigente, distinta y generalmente opuesta a la expresión popular, de profunda raíz indigenista, que solamente se manifiesta en el canto y la danza, la artesanía, la leyenda y el cuento, que no logran alcanzar una expresión escrita y se trasmiten de generación en generación, en forma oral, siguiendo las pautas de la tradición nahua.

No ha sido sino hasta en las últimas décadas que las manifestaciones culturales populares han reclamado, cada día con mas decisión y con mayor ahincó, el lugar que les corresponde dentro de la literatura escrita, imponiendo a esta la lengua forjada por el pueblo, porque solo en ella puede expresarse plenamente ese mundo de sueño y realidad, para nombrar al cual -como dice Pablo Antonio Cuadra- el español carece de palabras, "porque para llegar a la esencia de una cosa se necesita una convivencia de siglos, un asedio largo de poetas tratando de perforar la dura superficie de lo innombrado y una acumulación paciente y larga de observación y de amor".

¿Cómo podríamos, en efecto, describir con los solos recursos del castellano "puro" ese universo olfativo que Salarrué logra establecer enumerando seis olores desconcertantes?

Salarrué
CUENTOS DE BARRO: BAJO LA LUNA
Güelía a mumuja de palo podrido, a zompopera, a chir ­mateplátano, a talepate y a julunera triste ... Llegada la noche el tufo a tigre sopló los matorrales ...

Ha llegado, pues, el momento en que se impone un estudio serio ­y cuidadoso de nuestra lengua. Tiempo es ya de ocuparnos en remontar la corriente de los "dos grandes ríos antagónicos” de hablaba Claudia Lars, hasta alcanzar las fuentes del origen , y volver desde allá, estudiando recodos, cascadas y remansos, reconociendo afluentes, hasta llegar al punto en que confluyen y sus aguas se unen para dar lugar a la gran corriente, tan rica en recursos idiomáticos, tan cargada de posibilidades expresivas, que es nuestro lenguaje actual.

Urgente es, por lo tanto, el establecimiento, en nuestras escuelas normales, de cátedras de lengua y de cultura nahuas para que nuestros maestros conozcan ese lado oscuro de nuestro mestizaje y puedan establecer, por fin, los contornos exactos del ente salvadoreño, con todas sus posibilidades de amplio y de amplio y definitivo desarrollo cultural. Para que puedan explicar a nuestros estudiantes del porqué hablamos como hablamos, en vez de obligarlos a memorizar las reglas gramaticales de un español que jamás ­hablarán.

Día llegará también -y ojalá llegue pronto- en que una Asamblea Constituyente derogue el absurdo artículo constitucional que declara idioma oficial al castellano e impone al Gobierno la ­obligación de conservarlo y difundirlo, para decretar, siguiendo el ejemplo de Alfonso el Sabio, como idioma oficial de la República la Lengua Salvadoreña.

Tomado del libro La Lengua Salvadoreña
por Pedro Geofroy Rivas

Tamen