3/02/2012

Lo Nuestro: Carlos Álvarez Pineda


Yo debo confesar que aun hoy día sigo disfrutando al cómico mexicano Chespirito, aún temo que uno de  éstos días quede tieso en el sofá con un infarto debido a un ataque de risa que me provoca ver este programa.
Pero antes de Chespirito, en el terruño, en la década de los 60s, también tuvimos un cómico similar, quizás mejor que Chespirito: Aniceto Porsisoca.
Mi corazón adolescente estaba inmune a los ataques de risa que me provocaba Oficina Para Todo, donde -como Kiko y Chespirito hoy-, Aniceto y Mauricio Bojorquez eran mis favoritos.
Carlos Álvarez Pineda nació en Santa Ana el 24 de febrero de 1928. A los catorce años inicia sus estudios en la Escuela Normal de Maestros de San Salvador, pero los abandona tres años más tarde, en 1945, debido a la muerte de su padre, situación que lo obliga a buscar empleo para ayudar en el sostenimiento de la familia. Continuó los estudios por correspondencia hasta graduarse en 1947 como profesor. En 1950 ingresó a la Facultad de Medicina de la Universidad de El Salvador, de la que se retiró a finales del año siguiente.
Posteriormente comenzó a trabajar en radio como locutor humorístico, allí nació Aniceto Porsisoca. La creación de este singular personaje no fue algo planificado. En cierta oportunidad, el artista estrella del espectáculo no se presentó, entonces Carlos Álvarez Pineda tuvo que improvisar una actuación al lado de Paco Medina Funes. "¿Qué nombre te vas a poner?" -le preguntó este-. "Me llamaré Aniceto.... por si soca".
Durante varios años, Carlos Álvarez Pineda desempeñó puestos de gerencia y director de comunicaciones de empresas privadas y órganos estatales, sin abandonar su trabajo en el ambiente artístico. Por sus méritos recibió hacia el final de su vida, reconocimientos por parte de la Asamblea Legislativa de El Salvador y la Organización de Estados Americanos.
Aniceto alcanzó rápidamente el éxito en radio, televisión, revistas, y paquines. En su programa La Ruleta Musical dio a conocer sus Puesiyas de Aniceto, de las cuales traigo ésta.

UN DOMINGO EN EL MERCADO
A las mujeres señores,
se les antojan las cosas
cuando menos lo espera.
Salen con cada detalle
que a cualquiera desespera.

Pues el domingo pasado,
salvo que yo mal recuerde,
a la peche se le antoja
mandarme para el mercado
a comprarle un mango verde.

Comer ácido, figúrense.
!Qué caprichos! Ah, caray.
Yo no sé que le ha pasado,
Por qué de aquellos colores
palabra de honor no hay.

Me fui metiendo al mercado
por allá por aquel lado
donde venden chilipucas,
donde una señora gorda
a todas horas del día
sacude una tombilla
para botarle las cucas.

Apenas había entrado
puse el pie sobre un guineo,
o cáscara, yo que sé,
pero si no se me olvida
que casi pierdo la vida
del zopapo que llevé.

Me dolió todo el pescuezo
y me quedé un rato cucho
la gente va de reírse
y pa colmo al levantarme
me llegó a morder el chucho.

Me levanté bien caliente,
me puse a reír un poco,
unas gentes se apartaban
y otras se secreteaban
diciendo que yo era un loco.

Pues ya me fui para adentro
buscando el tal mango verde,
iba caliente, caliente,
como un alacrán con zaite
le di una patada al chucho
por poco pierdo el caite.

-Negrito lindo aquí hay fresco,
¿quiere horchata? ¿Qué le doy?
-Solo deme permiso
por favor que ya me voy.

Al fin compré un refresco
con unos cinco de pan,
pero observé que en vaso
andaban dos mil mosquitos
nadando galán, galán.
-¿Y esta es fresa? -le dije:
mire bien este es el chan.

Por allá una señora
sentada en una banqueta
vendiendo unos guineos

-Señora me hace el favor,
¿a cómo son los guineos?
-a tres por cinco, señor.
-¿y no me los da a centavo ?
-no los quiere regalados.
-¡Ah!, si me hace usted el favor
-¡Ve que grencho mas creído!

!A centavo! Ja ja jay
A saber que habrá pensado
si este es mi sudor, bayunco
si no me los he hueviado.

Me retiré más caliente
que la hoja de chichicaste.
Qué gracia la de la anciana,
después que uno, de bueno
quiere ayudarles comprando,
le sacan hasta la nana.

-Deme unas dos granadillas,
señora, por vida suya,
le dijo a otra viejita
que tenía su canasto
en una mesa sapuca.

-¿Me cambia esta ? le digo,
parece que está algo chuca
y si me enfermo, me muero.
-¡coma bolo, indio bajado,
si no quiere no las lleve,
mas chuco tiene el trasero.!
-¡Cincones de cebollas.
va ha llevar niña.
los fossoros , peines!
-Cincones de repollos,
-Gallinas, gallos y pollos.
-Papel higiénico por rollos.
-Juegue el ocho, juegue el
ocho, el ocho no ha jugado.

Yo compré el bendito ocho
y era del mes pasado.
-Pescado pescado fresco,
uno cincuenta la libra.
-Deme un pescado, señor.
-Aquí lo tiene, mi amigo
hoy va a comer cosas buenas.
-Pero, mire. muy chiquito.
-Es que yo he dicho pescado,
no ando vendiendo ballenas.

-María. !tréme los platos!
Pero apuráte, Maria.
-¡Arreglar zapatos!
-Aligeráte, María.

Yo no aguanto tanto grito,
la cabeza me da vueltas,
la memoria se me pierde
y voy buscando la puerta
!Que me importa el mango verde!

Unas mujeres decían:
-Pobrecito ese señor.
otras decían !Que guapo!
Y una vieja "caresapo"
me dijo hasta ruiseñor.

Yo por estarlas oyendo
y viendo a los dos que peleaban
y otras dos que iban corriendo
huyendo de un policía
no me fijé al dar el paso
que estaba otro gran pedazo
de cáscara de sandía.
!Cataplín! fue el barquinazo,
ese sí me dolió mucho.
Me levanté echando bandos
!Y vuelve a morderme el chucho!

No señores, no hagan caso,
nunca vayan al mercado
que ahí el que no pega muerde.
No le hagan caso a la peche
cuando quiera un mango verde.

 Carlos Álvarez Pineda murió el 9 de junio de 1993, a los 65 años.

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 Tamen
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