11/22/2010

ISABELITA

Se sentía una brisa fresca, agradable, adulaba los sentidos. Las calles dentro de este pueblo situado al oriente de la Capital eran empedradas y su iglesia tenía un diseño colonial: Las casas con enormes puertas y balcones parecían vacías..., un pintoresco pueblo que yo no tenía idea poseíamos en nuestro terruño.

Sin embargo este pueblo no era el final destino de mi amigo y yo, solo era relevo pues esperábamos el siguiente bus que nos llevaría a nuestro destino final en el corazón del Valle de Jiboa en San Vicente.

El viaje final fue dramático, empezando por la carretera polvosa, profundos precipicios, y curvas cuesta abajo.

El bus viejo iba lleno de frutas, animales y gente; algunos de los pasajeros viajaban encima del bus, en la parrilla, con gallinas, patos y garrobos, a nosotros nos tocó ir afianzados de la escalera trasera que sube a la parrilla... Cada vez que esa tartalacha de bus cruzaba una curva mi corazón se dilataba al ver el enorme barranco contra el cual se inclinada. Milagrosamente llegamos vivitos y coleando, aunque me costó ratos sacudirme la tembladera de las manos de ir guindado de la escalera.

¡Era un bello lugar! La casa era de ladrillo y teja, con su granero, su trapiche y su pozo de agua, se hallaba en la cima de una colina y hacia abajo todo era verdor del cultivo de caña, aún más abajo pasaba un riachuelo de cristalina agua, luego seguían los potreros, y entonces los pastizales.

No muy lejos del rancho se hallaba un caserío, o sea, una calle polvosa de dos cuadras con casas y pequeños negocios a sus lados...

Pero la escuela del caserío quedaba lejos, lejos en otro pueblo, a una hora de camino.

Era Semana Santa, las mujeres del caserío lo celebraban con profundo fervor religioso, pero los campesinos se pasaban jugando de día La Taba, juego que consistía en tirar un hueso de res de forma rectangular, un lado era culo, y el otro carne, dependiendo si caía culo o carne se ganaba o se perdía la apuesta, que arruinaba y enriquecía a los que lo jugaban. Algunos hasta vendían su yunta de bueyes sólo para tener suficiente dinero para La Taba en Semana Santa. En la noche, los lugareños jugaban, a la luz del candil, 31 en mano, o Conquián Real.

La familia del amigo que me invitó a este lugar eran todos humildes en actitudes y amigables en extremo, cultivaban caña de azúcar para el Ingenio Jiboa en un terreno de varias manzanas, tenían dos hijos varones ya mayores... y una bella ahijada: Isabelita.

Isabelita era una linda adolescente que aparentaba más de sus 13 años, ya tenía un cuerpo muy desarrollado y hermoso; era pelo rojo, pecosita, ojos claros color miel y una sonrisa angelical e inocente. Estudiaba 6to. grado e iba a la escuela dos leguas de distancia, pero don Claudio, de la finca vecina, tenía una hija de su edad y compañera de Isabelita, todos los días don Claudio, religiosamente, las llevaba y las recogía en su caballo.

-Mi maistra me dejó muchos deberes -me contaba el día que la encontré escribiendo en su cuaderno "El Conquistador"

-A mi mami y mis hermanos los mató el chacal de Olancho en Honduras -agregó.

Me contó que se salvó escondiéndose en los matorrales durante la expulsión masiva de salvadoreños antes que estallara el conflicto con Honduras en 1969, la mal llamada Guerra del Fútbol.

Don Claudio y su familia se habían ido de veraneo para esa Semana Santa y no regresarían hasta una semana después.

El martes siguiente al Domingo de Resurrección, y un día antes de mi partida, Don Candelario y la niña Maura, padres de mi amgo, trataron de disuadir a Chabelita para que no fuera a la escuela a pie ese día. La única yegua del rancho se la había llevado el hijo mayor a Verapaz y no regresaba hasta la tarde. Pero Isabelita decía que tenía que entregar sus deberes y que no le pasaría nada, así decidió emprender el viaje a pie: ¡Una camellada de casi una hora!.

Pero ese nefasto Lunes dieron las tres de la tarde ¡y Chabelita no aparecía!.

Don Cando nos pidió ir a buscarla al camino.

Nos fuimos con Manolo y el "chele", uno de los cuatro chuchos que tenían en la finca y preferido de Isabelita. El paisaje era una belleza, disfruté el olor de las orquídeas perfumantes, los ondulantes llanos, verdosas colinas, cristalinos arroyuelos... casi secos debido a que Abril era al final de la estación seca y no había llovido en meses.

Había un barranco de cierta profundidad donde el eco del zenzontle, palomas y dichosofuí, enternecían la tarde. El chele comenzó a ladrar hacia abajo, al fondo del precipicio, me asomé para ver cuan profundo era y continuamos. Después de una hora de camino llegamos al pequeño poblado con el cielo rojizo anunciando la puesta del sol y la llegada de la noche... ¡pero sin encontrar a Isabelita!... Nos dirigimos a la pequeña escuelita de ladrillo y techo de lámina donde Manolo abordó a la maestra.

-Chabelita se fue a las dos y media que terminó la escuela -nos dijo la maestra, entonces vi la cara de preocupación de ambos, la profe fue con nosotros a la Comandancia local a reportar lo sucedido, otra casa de ladrillo y lámina!. Había tres Guardias Nacionales jugando naipes, pero el Comandante no se hallaba, los "beneméritos" apuntaron los datos, dijeron iban a iniciar una "investigación" y nos despidieron.

La "maistra", una honesta mujer, nos dijo que nos acompañaba en el viaje de regreso. Cuanto más oscurecía más era el semblante de preocupación en sus caras; me dijeron que aparte de borrachos que se macheteaban por disputas de La Taba, no había crímenes en esos parajes.

Al llegar a la vereda a la orilla del barranco el perro empezó de nuevo a ladrar mirando hacia abajo. -Ha de ser una liebre; -dijo Manolo.

Llegamos de regreso al caserío sin Isabelita, don Candelario reunió a los vecinos para organizar una búsqueda. 15 campesinos, todos hombres, machete envainado, linternas, lámparas, y varios perros, partimos en la oscuridad a buscarla.

Había un sólo camino para llegar al pueblo debido al barranco, así que cuando llegamos a la orilla de éste, el "chele", adelantándose, empezó de nuevo a ladrar en la orilla del precipicio, los demás perros se le unieron, y la gente empezó a gritar hacia abajo, pero nada, al buen rato y temiendo lo peor, don Cando, Manolo y cinco otros decidieron bajar en el barranco, una peligrosa y empinada vereda donde sólo uno cabía.

Después de media hora, Manolo trepaba sudoroso, pálido, y a pesar de sus 18 años, con lágrimas en los ojos. Todos no acercamos a preguntar la lógica cuestión, pero él, tapándose su cara con las manos, lloraba y no hablaba.

Un silencio se apoderó de todos pensando en lo peor, cuando de repente, oímos voces que subían, uno de los vecinos, el más fuerte del grupo, traía el cuerpo de Isabelita inconsciente, la acomodó en el suelo, y todos apuntaron sus luces hacia ella... ¡era un cuadro horroroso!... su carita blanca ensangrentada, sus labios partidos, con moretones e inflamación evidentes. ¡Había sido golpeada duro!. Alrededor de su nuca un tremendo moretón relucía, como si fuera un collar, su brasier ido y sus tiernos pezones con señales de mordiscos... la sangre corría entre sus piernas, de su genital... la maestra se desmayó a esa horrible visión y un silencio profundo se apoderó de humanos, animales y paraje...

¡Entonces Chabelita gimió!... ¡Estaba viva!.

El Hospital Santa Gertrudis en San Vicente quedaba a más de una hora en vehículo debido al mal estado de los caminos vecinales, polvosos, y con tremendas curvas, a caballo por el zamaqueo en su condición, no era mucha la diferencia, y sin servicio telefónico a decenas de leguas a la redonda, la vida de Isabelita peligraba.

Yo había llegado al Valle con la ínfula y soberbia de ser "Estudiante de segundo año de Medicina" y los vecinos del lugar me miraban y me saludaban con venerable respeto, pero cuando les dije que no podía hacer nada porque no sabía qué hacer, ellos apenas me creyeron, no me iban a entender que sólo era un pinche estudiante de "áreas comunes" y que ni una simple inyección había puesto en mi vida.

Alguien acomodó a Isabelita en un caballo, arrancó al galope, seguido por otros que tenían caballo y se llevaron a Isabelita al pueblo de Verapaz, donde había teléfono y unidad de salud, y donde luego la recogería una ambulancia para llevarla al hospital de San Vicente.

En silencio regresamos todos al caserío, y yo, además de tenso por la impresión, me sentía ahuevado.

Llegamos al pueblo y con don Candelario y otros vecinos nos fuimos directo a la única cantina del pueblo donde empezó a rolar la "cusuza" -el aguardiente clandestino del lugar- y con un par de tragos entre pecho y espalda me puso zapatón suficiente para valerme verga cualquier pena moral... pero en eso llegó la benemérita en un Jeep "rastrillo", un individuo de mediana edad, panzón, moreno y feo, desmontó, y con altanería preguntó lo sucedido, era el Comandante Cantonal y dos Guardias Nacionales.

-Y cómo fue que ustedes no la hallaron cuando fueron a buscarla, -nos preguntó -¿Vos quién sos peludo? Quiero ver tus papeles -arremetió contra mí sin esperar la respuesta a la primera pregunta.

Don Cando le explicó quién yo era, pero me saqué mis documentos para enseñárselos, él me arrebató la cartera y viendo mi carné de la Universidad dijo:

-Ustedes los universitarios son unos cabrones degenerados, quizás vos hijueputa fuiste quién le hizo eso a la Chabelita.., -yo me empecé a chivear, don Cando y Manolo intercedieron por mí, pero el comandante medio convencido finalizó diciéndome.

-Mirá cabrón, de aquí no te vas hasta que esto se aclare, a mi no me vacilas cerote, mirá cando vos sos responsable d´él,' buir' hacer unas pesquisas, pero mañana te quiero ver aquí hijueputa... -y se fue.

Al llegar a la casa de don Cando estaba esperándolo un vecino con una niña de la misma edad de Chabelita

-Cando, dispénsame, vengo a esta hora pero mi 'chayito' me contó algo que quizás es importante.. - Chayito era compañera de Isabelita y contó que ellas salieron juntas, pero como a una cuadra de la escuela, el comandante había pasado en el Jeep, parado y ofrecido jalón a Isabelita hasta su casa, lo cual ella se negó.

Entonces don Cando recordó las quejas que Isabelita había dicho sobre los avances lujuriosos del comandante.

Al Mediodía siguiente don Cando, sus hijos, y yo, llegábamos a la capital del departamento con el mismo nombre: San Vicente. Nos dirigimos derecho al hospital. Isabelita había despertado del coma, nos dijo el doctor, pero tiene un "trauma mental" pues no quiere comer, se ha orinado y defecado en la ropa y no habla, no responde a preguntas, y sus ojos abiertos ven al vació.

-Hay que trasladarla al hospital psiquiátrico en San Salvador porque me temo tiene una psicosis, -concluyó el doctor. La vimos, pero ella no nos reconoció, sus ojos abiertos mirando al techo, y con un sonda para alimentarla. Don Cando lloró al verla..., pero luego lo inundó la rabia y nos dirigimos al cuartel de la Policía local.

El Comandante no le creyó la sospecha a don Cando, le dijo que el ofrecimiento del comandante cantonal no probaba nada, pero que iba a "investigar"... ¡Los beneméritos tenían esta peculiar frase para toda queja, pero nunca resolvían nada!...

Esa tarde partimos con don Cando, sus hijos, e Isabelita, a San Salvador. Isabelita quedó mentalmente traumada en el hospital Psiquiátrico hasta 1981 que abandoné El Salvador.

Supe años más tarde que la violenta violación y estupro, perturbó su alma y deterioró su mente para siempre... nunca se recuperó...

Y nunca atraparon al criminal violador.

Tamen
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