6/11/2008

ESA FRASE COMÚN

Por Walter Iraheta Nerio

Con mi amigo Lorenzo siempre estábamos inventando aventuras:

-Sergio, escuchame, un día de tantos… exploramos el casco antártico.

Lorenzo soñaba tener pingüinos como mascotas. Yo, por mi cuenta, deseaba tener leones marinos.

Un día, en la escuela, vino Lorenzo con la novedad que en Buenos Aires había un centro de investigación de aeronáutica espacial, y estaba fácil hacer un viaje interplanetario. Contra la ley de gravedad que nos retenía a nuestro barrio,

Lorenzo quería ser astronauta.

La luna no me atraía, yo deseaba conocer Marte. Los marcianos eran famosísimos, salían en la televisión, el cine, los cómics y en las noticias. De los selenitas no se sabía nada.

A fin de cuentas terminaríamos viajando, aunque nuestras ilusiones quedarían en el camino, a pesar que nos graduamos con sendos diplomas.

Lorenzo se fue para los USA, yo terminé de «paseador de perros».

Mi negocio no era malo, comencé a pasear un perro, se llamaba Koki, luego me encargaron llevar de paseo a dos perritas. Al parecer, las dueñas deseaban que sus perritas tuviesen cachorros dalmata, porque, Koki era un dalmata. Lo malo es que Koki corría como un cometa, y las dos perritas eran pequinés, así que yo iba con una mano adelante casi volando, mientras con la otra mano arrastraba a las «pequis».

¡La concha de la lora!

Ese dalmata había que correrlo diez kilómetros diarios a puro sprint. Si no corría diez kilómetros el Koki se deprimía, y aullaba la santa noche.

Gracias a Koki mi clientela aumentó. La gente me miraba correr los cinco kilómetros en la mañana y cinco en la tarde, a puro sprint, para que el Koki no se deprimiera.

Resolví llevar sólo a Koki, y la jauría por turnos. Al final del día sumaba diez paseos de perros.

El asunto de los turnos fue una necesidad, dada la imposibillidad de recoger las boñigas que dejaban los perros. La municipalidad prohibió que los perros hicieran boñigas en las aceras, porque aquello parecía campo minado, y los turistas se estaban desertando de la ciudad.

La multa estaba justificada, pues, el gasto de limpieza era millonario: pagar a un ejército de limpiadores, detergente y toneladas de toneladas cúbicas de agua.

Por esa multa, la demanda de «paseadores de perros» nos salvó del desempleo a unos cuantos bomboneros, porque a mucha gente le gustaba pasear su perro, pero no le gustaba limpiar la boñiga que dejaba su perro.

Un día recibí la tan esperada carta de mi amigo Lorenzo. La pasaba superbien en
Nueva York, vivía en un duplex perfumado, tenía un Cadillac, trabajaba 36 horas a la semana y le quedaba tiempo libre para ir a la ópera con su novia, a cada show de Broadway, vacacionaban en las Bahamas. Su novia era una gringuita jefa de una oficina, y di por entendido que Lorenzo era socio de algún bufet de abogados. Mi amigo Lorenzo insistió:

-Pibe, venite. No te jorobés con pocos pesos.

Como yo era bien devoto del dulce de leche, la empanada y el asadito del domingo, ni soñando se me ocurrió expatriarme hacia Nueva York. Sin churrasco yo no soy nadie.

Las lindezas que Lorenzo contaba, me entusiasmaban. Pero mi negocio iba de viento en popa, tenía más de cien perros para llevar de paseo, y hasta pensaba contratar ayudantes, poner oficinita con secretaria, publicidad en los clasificados.

Pero… ¡La concha de la lora!, llega la crisis del dólar, la bancarrota, el saqueo, la venta-regalada de toda la industria nacional, teléfonos y cables eléctricos y la azucarera y la manufacturera, privatización de la cosa pública, bancos y hasta el agua. Fue el acabose con la mafiocracia.

Después de ser uno de los grandes graneros del mundo, comenzamos a comprar cereales y azúcar, y de todo le compramos a Brasil.

Los pesos que deberían caer como maná de la macroecomía, nunca los vimos. El dinero se globalizó, pero nosotros nos hicimos más aldeanos.

Hambruna en Argentina ¡Quién lo imaginaria!

La gente famélica, desnutrida, niños raquíticos. Uno miraba las fotos en los diarios y no lo podía creer. Esas fotos solamente se habían visto en Biáfra, Sudán y Etiopía.

Te salías de la ciudad y mirabas «las ruinas» de la petrolera IPF como barcos fantasmas, edificios fantasmas que sólo se miraban en esas fotos que llegaban de Georgia y Chechenia después de la guerra fría.

Los bancos no entregaban ni un billete ¡el famoso corralito!

Había que hacer comité en el barrio, para sobrevivir. Ollas comunales por aquí, ollas comunales por allá repartiendo sopa de fideos. La gente que tenía parientes en el extranjero, van para afuera. Grandes colas en las embajadas.

Muy preocupado escribí a Lorenzo para que me prestara dólares. Le dije que ya me expatriaba de la ahora tercermundista Argentina empobrecida. De paso, le pedía a Lorenzo que me diera posada en su duplex perfumado.

Lorenzo me envió una carta inmediatamente aclarando sus condiciones, para evitar un shock cuando yo llegase a Nueva York:

«Sergio, aquí no tengo ningún despacho de abogado, soy "paseador de perros", como vos. Tampoco poseo duplex perfumado, vivo en apartamento compartido, en una barriada vecina al Bronx, una zona superpeligrosa, megapeligrosa. Imagina que cada noche, al regresar del trabajo tengo que sortear una verdadera jungla donde no faltan gánsters desvalijando transeúntes. Te aclaro que mi novia no es jefa de oficina sino despachadora de hot-dog en un chiringuito, y tampoco es gringuita sino salvadoreña. Bueno… es rubia porque se tiñe el pelo con dioxógen. Y eso de las vacaciones, se trata de que en la azotea del condominio tenemos sillas playeras, para tomar sol cuando el cielo no está encapotado. A la azotea la llamamos: las Bahamas.

«Te reitero que me dedico a pasear perros. No creás que los paseadores de perros ganamos una gran fortuna, pero se saca para el asadito del domingo. Ganamos algunas propinas… porque lo que no te dije, es que Nueva York es el paraíso de los perros. Las mascotas están de moda, y la gente neoyorkina prefiere tener un perro y no un pibe. Imagina que a los perros no les llaman por su nombre, sino baby. Antes habían guarderías infantiles, ahora hay dog-garden, antes iban de baby-sitter, y ahora de dog-sitter.

«Sergio, no te extrañés que hay escuelas para perros, escuelas de etiqueta y cortesía y modelaje y de danza y hasta de perros actores. Hay residencias especiales donde cada perro tiene habitación con televisión donde les pasan «Big brother dog». Y bueno, el perro tiene teléfono, por el que sus dueños lo saludan desde sus vacaciones o desde sus trabajos. Para relax del perro hay música instrumental, y pasa el cuidador a cantar una canción de cuna, para que el perro no tenga pesadillas. Hoteles de lujo para perros, nada de barracas, sino suites con jacuzzi, gimnasio y piscina.

«Aquí también podés trabajar como taxista de perros. Se trata de llevar al perro a la peluquería, al sauna, al club social, al parque de tobogán, al cumpleaños de otro perro amigo. Los itinerarios se alargan con viajes al cine para perros, casi todos los perros son fans del aventurero "Scooby Doo", de las chiquilladas de "los 101 dalmatas", y cuando se ponen romanticones les gusta mirar "La dama y el vagabundo". Otro día hay que llevar el perro a la discoteca. Bueeeeeno, a una de las discotecas.

«Haciendo un paréntesis: Fijate vos, que los perros neoyorkinos les encanta el swing. No sé por qué a los perros les gusta el swing. En cambio, llevás a un perro a una discoteca de hip-hop, rap o cualquiera de esos ruidos electrónicos y los perros se ponen a aullar como lobos, y, en adelante hay que llevar al perro a la clínica psicológica para perros, porque con esa música hip-hop, rap o electrónica quedan estresados para toda la semana. Claro, hay excepción, porque a los doberman les fascina el heavy metal, mientras a los pitbull les gusta el rock duro.

«Hay otros capítulos caninos que no los relato en esta carta, por falta de espacio, y pesos para el franqueo de la carta, como eso de las boutiques de ropa y comidas para perro.
«Sergio, mejor te venís para Nueva York, aquí hay academias donde te especializas en asistencia a perros. Te venís, y cuando pase la crisis en Argentina, te regresás a poner una residencia canina de múltiples servicios. Te enviaré el boleto de avión, ya comprado aquí en Nueva York, es lo mejor. Okey pibe, ahora mismo salgo hacia la agencia de viajes… Abrazos pibe».

¡Ah!… lo que no he dicho es que también la carta de Lorenzo traía una posdata, y para convencerme de emigrar, decía que antes uno escuchaba esa frase común de tener «vida de perro», y se pensaba irremediablemente en la miseria. Pero decía Lorenzo que ahora esa frase es relativa, porque en Nueva York tener «vida de perro» es tener una vida afortunada. Aunque después de un tiempo los perros de lujo también son abandonados en la calle o terminan eutanasiados por la perrera municipal. Total que la frase vuelve a ser común.

La carta de Lorenzo llegó hace dos meses, el anunciado boleto de avión nunca lo recibí, tampoco mi amigo levanta el teléfono cuando le llamo. Ahora estoy pensando hacer la cola en cualquiera de las embajadas que dan visas temporales.

Walter Iraheta Nerio

Publicado anteriormente con el título de "Vida de perro".Suplemento Tres Mil del diario Co-Latino, El Salvador.

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