12/03/2011

La Clínica


Octubre de 1979… Todavía había árboles en la capital cuzcatleca…, y aún había "vientos de octubre que todo lo descubre"... Un día de ese octubre 79 iba en bus cuando me encontré al "regular", un ex compañero del Instituto Nacional, y entonces juntos en la escuela de medicina…, y comenzamos a platicar lo usual: medicina.

-"Si tenés libre algunas tardes caéte al pueblito, allí hemos abierto y atendemos una clínica  con el 'choco', la patrocina las brigadas médicas del "Bloque Popular Revolucionario".

Pero al ver mi reacción me explicó que no tenía que afiliarme al Bloque para llegar a practicar y aprender. Además, el "choco" era residente del Rosales y dirigía la pequeña Clínica... Prometí llegar la próxima tarde libre que tuviera.

Comencé a llegar un día a la semana, pero cuando diciembre y las vacaciones, iba casi cuatro días a la semana. Me llegaba el hecho que aprendía practicando, y lo mejor era cuando las cuatro de la tarde que se cerraba La Clínica, entonces rolaban las botellas y cervezas terminando bien a verga.

La Clínica se hallaba ubicaba enfrente de la plaza, centro del pueblo, pero por esos días la represión y masacres de la Policía Nacional, la Guardia, los Escuadrones de la Muerte y el criminal grupo paramilitar de ORDEN -que conocí en este relato- estaban a la orden del día.

Siempre estaba llena La Clínica pues la falta de adecuado y barato servicio médico la había hecho popular. Acudía mucha gente por servicio médico gratuito, la mayoría humilde y campesina. Los fondos para medicamentos eran proveídos por contribuciones monetarias del Bloque Popular Revolucionario-BPR y sindicatos obreros, organizaciones religiosas y organizaciones de estudiantes universitarios.

Ese día, de nostálgica fresca brisa dicembrina, había una manifestación y mitin popular en este pueblo ubicado en las faldas del volcán. La gente llegó en microbuses y caminando, con hijos de pecho, infantes e impúberes... ¡Todos campesinos!

Sabía el potencial de lo que podría ocurrir si ésta se tornaba violenta y se cruzó en mi mente aculerarme e irme de allí, pero mi hombría no me lo permitió y mi ego me decía era cobardía; además, era viernes y al cerrar el choco siempre nos invitaba a chupar a un prostíbulo cercano. Todo esto le agregó el peso necesario para quedarme y rezar que no pasara nada.

Como a las dos de la tarde, con unas 500 personas en el mitin, y por una calle opuesta, apareció un grupo como de 50 campesinos con machetes desenvainados que se infiltraron en la manifestación caminando derecho donde el orador del mitin.

Varios campesinos manifestantes, al entender la intención, sacan también sus machetes y alguien le tira una patada limpia a uno de ellos y comenzaron a oírse disparos... ¡estampida!... La pequeña Clínica tenía un patio trasero que conectaba con una hondonada de pasto y luego seguía la entrada a las faldas del volcán, en cinco minutos decenas de personas nos invadieron en el pequeño recinto que albergaba La Clínica.

Entraron corriendo ancianos, hombres, mujeres y niños buscando refugio, otros se metieron en la pequeña Iglesia del pueblo. El choco, médico jefe, era un individuo calvo con anteojos "culo de botella", que a la vez era residente de segundo año en el Hospital Rosales ¡y más borracho que el guaro!. Él ordenó cerrar las puertas de La Clínica, lo cual se hizo en el acto.

Afuera comenzó una recia balacera, ¡cuando de repente! Cuatro hombres armados irrumpieron violentamente a los diez minutos de disuelto el mitin e iniciada la balacera, ellos traían arrastrado un individuo ensangrentado, ordenaron a todos tirarse al suelo y luego rompieron los vidrios de las ventanas y comenzaron a disparar sus metralletas hacia afuera.

El choco, el regular y yo, comenzamos atender al paciente, éste sangraba copiosamente de un balazo en el muslo que quizás había atravesado un vaso sanguíneo importante.


Todo mundo estaba en el suelo, amontonados, agachados, y los infantes lloraban asustados. Alguien cerca de la puerta pega un alarido y comienza a gritar en dolor. El regular y yo nos apresuramos a ver y era una linda campesina adolescente herida en la pantorrilla por una bala. Yo asomé mi vista afuera por la ventana, y me asusté al ver tres Guardias Nacionales escondidos y disparando hacia la torre de la pequeña Iglesia, el zumbido de un balazo me hizo zambullir mi cabeza.

Después de media hora, y con la balacera subsidiando, ¡se oyó el ruido de un helicóptero! y al asomarme a la ventana vi como disparaba su ametralladora de poderoso calibre al campanario de la Iglesia, el temor se apoderó de nosotros al pensar en el helicóptero disparando a la casa de bahareque y lámina de la vivienda...

-"Alguien tiene que pedir tregua para que salgamos" -gritó alguien de entre el gentío amontonado dentro de La Clínica".

-"No, no se atreverán a disparar aquí, de aquí nadie sale"- dijo uno de los guerrilleros con un radiotransmisor en la mano, él nos dijo que el herido era un miembro de la inteligencia de la guardia infiltrado y capturado por ellos durante el mitin, que "la descalza" de ORDEN eran asalariados asesinos de la dictadura con el nombre de patrullas cantonales, pero eran mandados por Guardias Nacionales, que su prisionero era el jefe regional de zona, y que el helicóptero no se atrevería a ametrallar La Clínica... al escucharlo hablar, recuerdo que hubo un silencio profundo que hasta los bebés dejaron de llorar.

Más benemérita y chorizos hicieron su aparición media hora más tarde con dos tanquetas, la balacera había subsidiado, y el cura parroquial había salido a conferenciar con el militar en mando sin aparente éxito, pues a los 15 minutos regresaba cabizbajo a la iglesia.

¡Entonces de repente! vemos como una de las tanquetas se dirige derecho a La Clínica, las mujeres gritan en pánico, los niños comienza a llorar, y atrás, en el patio, los que estaban allí, a patadas botan la puerta trasera y huyen a la hondonada... La tanqueta empieza a disparar su ametralladora de gran calibre, caen varios heridos o muertos, nunca supe pues el pánico nos hizo huir a todos hacia la puerta trasera... entonces comenzó la pesadilla!...vi como muchas mujeres, algunas protegiendo con su cuerpo a sus hijos, recibían planazos en sus espaldas y cabezas; y los hombres eran cortados... era toda una cacería y carnicería...¡los mismos campesinos miembros de la "patrulla cantonal", ¡carnicereaban y masacraban a sus mismos hermanos campesinos!... ¡Era hermano contra hermano!... Uno de ellos blandiendo un machete me vio, yo corro atravesando la hondonada a toda máquina, en pura guinda y con el descalzo taloneándome. Salimos de la hondonada y todo lo que seguía era cuesta arriba.

¡Iba ser una prueba de resistencia!


¡Agradecí a mi dios de las trincheras que el descalzo no estaba armado! y aunque no era todo un atleta... mi juventud, el pánico, y mi adrenalina, me dieron la fuerza, ¡y corrí y corrí y corrí... 20, 30, 60, 120 minutos!... ¡no recuerdo cuanto tiempo corrí!... sólo sabía que el ruido de la balacera se iba perdiendo mientras subía... pero llegué al final de mis fuerzas.

Totalmente exhausto me agarré a un árbol y ya no me importó que me matara el descalzo, la muerte sería un instante de placer ese momento... pero nadie llegó... y cuando logré controlar mi taquicardia y falta de aliento, vi hacia abajo San Salvador en la lejanía, la ciudad que me vio nacer, crecer, y perderme... estaba bastante arriba de las faldas del Volcán de San Salvador, El Jabalí o Boquerón, y aparentemente a salvo.

Los balazos habían llegado a ser esporádicos y donde estaba había muchos árboles y maleza... pero el ruido de hélices en la distancia despertó mi ensimismamiento y corrí a esconderme mejor entre ramas y bejucos.

Oí voces que se acercaban junto al ruido del helicóptero... en pánico me doy cuenta que aún tenía puesta mi gabacha blanca con el estetoscopio al bolso, dos cosas que simbolizaban mi orgullo tonto, pero hoy iban a ser mi perdición si no me la quitaba rápido, y en desesperación, pero sin ruido, me la quito, la hago rollo y la escondo entre las ramas... en esos momentos oí los primeros pasos cercanos... me pegué al suelo apenas controlando el jadeo de mi respiración... las voces las tenía quizás a una decena de pasos y oía claro el típico hablado de nuestros hermanos de la campiña.... luego se fueron alejando, alejando, hasta que ya no se oyeron.... una hora quedé escondido sin moverme en ese sitio... el sol comenzaba a bajar y empezaría a oscurecer... la balacera a lo lejos había parado completamente hacía ratos... dejé que oscureciera completamente, y luego sin saber donde estaba comencé a descender, la oscuridad era completa, la noche estrellada sin luna, a los lejos sólo percibía ladridos de perros.

Después de casi tres horas de lenta e hiriente bajada, vi a lo lejos una colonia que no reconocí, pero también vi los flashes de luces de un carro patrulla que me hizo cambiar de idea y evadí la colonia.

En camiseta empecé a titiritar de frío y temiendo un calambre de los que ya conocía decidí trotar para mantenerme caliente... después de una hora de trote, caminar, trote, caminar..., a lo lejos, vi otras luces, ¡apresuré el trote!

Llegué a las primeras calles de ese pueblo y divisé un bus que al acercarme vi que leía: "Ruta 23, San Ramón, Centro", ¡Era el último bus de San Ramón a San Salvador!...

Ya encaramado en el bus pensé que por segunda vez en mi vida había oído el sonido de muerte de las balas represivas... ¡Sonido que nunca olvidaré!

Tamen
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