9/26/2010

Lo Nuestro: Francisco Gavidia

Francisco Gavidia (1863-1955) se le recuerda por la amistad que lo unió a Rubén Darío, a quien enseña su descubrimiento. Al traducir el alejandrino francés, Gavidia encuentra una nueva sonoridad que el alejandrino español no tiene. Darío se encarga de distribuir esta nueva modalidad por todo el ámbito de la lengua castellana. Rubén le consagra un largo poema laudatorio, y al escribir su autobiografía cuenta que de las manos de Gavidia entró en "la floresta de las letras francesas".

Y es también Gavidia recordado como un erudito. Movido por un espíritu patrio, Gavidia incursiona en la historia salvadoreña, en busca de fuentes que alimenten su imaginación. Pero lejos de ser un chauvinista limitado, asume el aporte de grandes escritores de otras partes y procura darlos a conocer. Pilar fundamental de nuestra literatura, polígrafo que incursiona en los más variados géneros.

Francisco Gavidia nació en San Miguel, entre 1863 y 1865, y murió en San Salvador en 1955. Entre sus obras cabe destacar Historia moderna de El Salvador (historia); Júpiter, Ursino, La Torre de Marfil (teatro); y Soter (poesía).


LA VUELTA DEL HÉROE

La sorpresa fue grande en Tlapallán -llamada por los cronistas "la misteriosa"-: el héroe que llevaba el nombre de la Estrella de la Mañana, estaba de vuelta. Volvía después de muchos años, después de ser rey pontífice máximo en la Tula de Anahuac -de ser rey por veinte años en Cholula, la ciudad del Peregrino - diez años en Mayapán.

En presencia de esta persona venerable todavía, pero muy demacrada, los ancianos recordaban al antiguo profeta, al tiempo de su partida de Tlapallán, era entonces un personaje de semblante benévolo, blanco y de barba y cabellos rubios, descripci6n recogida por el cronista Torquemada.

Todos tenían presente su manto largo y flotante; su túnica, también blanca, sembrada de flores negras, rasgo anotado por el venerable Las Casas. Recordaban el sequito que le acompañó en su viaje al Nordeste, hombres igualmente hábiles en las obras de arte y en las combinaciones de ciencia, arquitectos, pintores, escultores, cinceladores, orfebres, joyeros, matemáticos, astrónomos, músicos, "como en las otras industrias para la sustentación humana". Usaré de preferencia las frases vivas que los cronistas han tomado a la leyenda y a la tradición.

En fin, tenían presente su maravillosa carrera de héroe y de civilizador.

Pero el tinte de melancolía que sombreaba su rostro, tenía algo que era, no sólo la huella que en él dejara la adversidad, era, además, en el héroe, milagroso, en el ser perfecto, el signo de los remordimientos y el descontento de sí mismo.

En un dios, como él era que había podido tener la satisfacción de ver desde su teocali, que se alzaba en Cholula sobre una pirámide cuya base tiene cuatrocientos cincuenta metros por un lado, el más hermoso paisaje de prados sonrientes y de volcanes coronados de llamas este descontento de sí hacia ver lo que en el había de humano.

Estaba gravemente herido, no tanto por sus derrotas y por la saña de sus enemigos, cuanto por sus faltas.

Los sacerdotes de Mictlán de Tlapallán, -donde se le había erigido el famoso templo redondo que hallaron los españoles al tiempo de la conquista-, que habían ido a su encuentro, tenían deseos de escuchar sus palabras, pues les había hablado muy poco.

EI Tecti o gran sacerdote, que llevaba una mitra con dos plumas de quetzal, y vestía gran túnica azul, cortó las alabanzas con que abrumaba al dios, el agorero, poniendo, como dice una locución vulgar, el dedo en la llaga, y soltando la voz a semejantes razones:

-Escuchadnos, pues, Ceacatl Quezalcohuatl (que este era el nombre de la Estrella de la Mañana en su idioma, que era el tolteca, náhuatl, náhuate) a fin de que luego nos refiráis cómo ha sido vuestro largo combate con la Luna. Aquí en Tlapallán, el rey de Cuscatlán, llamado el Pez-Águila, quiso restablecer el culto de vuestro enemigo; pero Henos de horror por los sacrificios humanos, los hijos del País de los Collares alzaron en alto sus escudos de oro, y, elevando al trono un pastor se restableció la religión de la Estrella de la Mañana, la vuestra, y prueba de ello es para vos ese colegio de sacerdotes, este templo. Es pues, este antiguo Tlapallán, el único país al parecer, donde no os ha vencido vuestro enemigo el sanguinario Tezcatipoca, si como es de temerse, habéis perdido la esperanza de que vuelvan al poder vuestros amigos de la antigua Tula Anahuac y en la ciudad pía, la famosa Cholula, célebre años hace ya por su santuario.

El grandioso peregrino pareció volver a la realidad de los hechos y las cosas, al oír estas palabras y clavando en el Tecti su mirada, soltó al punto la voz y habló de esta manera:
-De cómo es más temible el enemigo que halaga nuestras pasiones y nuestra vanidad que el enemigo franco y desembozado, es un ejemplo la historia de los últimos años de Quetzalcohuatl, que os habla, y la historia de la caída del famoso imperio de Tula. La Luna, que para los niños es poética, placida y triste, y para vosotros los sacerdotes que leéis los jeroglíficos y los analtés, es terrible, es, sobre todo, para los dioses, una deidad rica en ardides. Entablada la lucha entre las dos regiones, he aquí que una noche la Luna desciende del cielo, deslizándose por una soga torcida can los hilos de la araña. En seguida se presenta en mi palacio bajo la forma de un anciano, mago, adivino o hechicero, y dirigiéndose a uno de los sirvientes, le dice:

-Ve en paz, anciano, le dice el sirviente no puedes ver a mi señor. Esta enfermo. Puedes incomodarle y causarle aflicción. Tezcatipoca insiste:

-¡Quiero verle!

Y entonces los sirvientes ruegan al hechicero que ahí espere; y vanse dentro y dicen: Hay un anciano (y dan las señas), el cual afirma que ha de ver al rey y que no ha de marcharse.
Respóndoles yo:

-Abridle paso, que ha muchos días que espero su venida.

Pues en verdad, había tenido un presentimiento, engañoso, ¡ay!, pues me anunciaba la dicha, y quien llegó fue mi enemigo.

Entra enseguida Tezcatipoca, y me dice: -¿Que tienes tú?

Y añade:

-Traigo una medicina que ahora mismo has de beber. Y yo respondo:

-Se bienvenido, anciano.

Ha muchos días (¿fue acaso un sueno?) que espero tu venida.

Y el viejo hechicero entonces:

-¿Cómo va ese cuerpo?

-¿Cómo estás de salud?

-Extremadamente enfermo, le respondo. Todo el cuerpo me duele. No puedo mover las manos ni los pies.

Entonces dijo Texcatipoca:

-Pues bien, es necesario tomar esta medicina que yo tengo, es buena y saludable. Si la bebes, sentirás la embriaguez y el dulce alivio del corazón. Y acordasete ha de la grandeza y trabajos gloriosos de tu vida. Y arderas en deseos de partir, como en otro tiempo, en busca de la gloria, de marchar a países grandiosos que te aplaudan y comprendan, y escribirás nuevas páginas en el libro de tu vida...

-¡Oh! si, le respondí, pues toda la ambición despertó en el fonda de mi pecho; mas los enemigos, los sectarios de la Luna, han suscitado una guerra que ha abatido mi espíritu.

-Hay un país donde se te espera. Si en Tlapallán fuiste educado y en Tula has sido grande, en Tula-Tlapallán serás llamado el grande de dos civilizaciones; la tolteca y la maya. Aquí eres Quetzalcohuatl; allá serás Kukulcan. En Tula Tlapallán estará otro anciano que te espera, y hablareis juntos, y cuando vuelvas a Tula, serás joven como un muchacho.

Oyendo estas palabras, siento movido mi corazón, mientras el hechicero, más y más insistiendo:

-Señor, dice, la medicina hela aquí: tomadla, pues.

Yo estaba aun meditativo; no quería beberla. Pero insiste de nuevo el hechicero:

-Bebe, mi buen señor, o, de no hacerlo, va a pesarte muy luego. O al menos, prueba el canto de la taza y gusta un sorbo.

Entonces guste y bebí, diciendo:

-¿Qué es ésto? Parece ser una cosa muy 'buena y sabrosa. Ya me siento sano y libre de mi enfermedad.

Ya estoy bueno.

El anciano hechicero repuso todavía:
-Bebe una vez más, señor, puesto que es bueno; así quedaras curado del todo.

Y bebí otra vez y otra y más veces, hasta embriagarme.

Mi corazón se sintió pronto a nuevas proezas, con menosprecio de la corona y del cetro de Tula, y no podía apartar de mi mente la idea de que debía ir, debía partir... Tal era el fin de la impostura del insidioso Tezcatipoca, y la medicina era vino blanco de maguey que hoy llaman "teumetl"... Partí... y aunque salieron a mi paso los habitantes de la planicie en que se alza el gran santuario, y me hicieron rey de Cholula, desde allí seguí con dolor la destrucción del poderío de la raza tolteca. La Luna, deidad pérfida, después de alejarme de Tula se propuso hacerse del poder de su rey Vémac, y por medio de él aniquilar mi nuevo reino. Ved aquí cómo obtuvo sus funestos designios. Siendo los bárbaros el mayor número de sus prosélitos, emprendió la tarea de elevarlos al rango social y a las dignidades toltecas, y para esto acometió la empresa de ganarse la voluntad del rey Vemac, cuya casa había yo derribado, y vuelto al poder a mi partida, miraba can horror el poderío y grandeza de la Ciudad del peregrino, que así se llamó la ciudad nueva en honor mío.

La Luna revistióse esta vez de las apariencias de un bárbaro, presentándose en la plaza del mercado de Tula, como vendedor de axi, y haciéndose dar el nombre de Toveyo. Asomóse la hija única del rey Vemac a la terraza del palacio, que daba a la plaza del mercado, y vió entre los compradores y vendedores al dios Tezcatipoca, en la más perfecta figura humana que es dado imaginarse. Sintióse poseída de amor por él y en seguida comenzó a enfermar.

El rey Vemac advirtió su enfermedad y preguntó a las doncellas la causa. Ellas contestaron que ,el amor de un buhonero o vendedor de chile, a quien se conocía con el nombre de Toveyo, y que la enfermedad de la princesa era de muerte.

Envió Vemac un pregonero a la montaña de Tzatzipec, con esta proclamación:

¡Toltecas!, buscadme a Toveyo, el que anda vendiendo axi verde y hacedle comparecer a mi presencia. Entonces el pueblo buscó por todas partes al hermosa vendedor de chile; mas no pudo ser hallado. Cuando más se desesperaba hallarle apareció en el mismo sitio del tiangue y con su misma mercancía. Llevósele ante el rey, el cual le dijo:

-¿Quién eres tú?

-Soy un extranjero que ha llegado a vender axi verde.

Vémac dijo enseguida.

Mi hija te ama con vehemencia y no desea desposarse can ningún tolteca; está enferma de amor y tú debes curarla.

-Esto no puede ser de ninguna manera; mátame primero; deseo morir antes que oír éstas palabras, pues no tengo otro medio de ganarme la vida que vendiendo axis verdes.

-Dígote, replicó el rey, que debes curar a mi hija de esta enfermedad: no temas por lo demás.

Entonces hizo llevar al astuto buhonero, le bañaron y cortaron sus cabellos, perfumaron su cuerpo, le vistieron magníficamente y le pusieron unas sandalias de oro. Desposóle el rey con la princesa y ella se sintió buena de su enfermedad enseguida.

Obtenido el favor real, el dios insidioso ha empleado el poder de Vémac, primero para aniquilar a la aristocracia tolteca en provecho de los barbaros sus secuaces y creyentes, después para llevar la guerra a la Ciudad del Peregrino.

Heme aquí de vuelta ... Heme aquí en Tlapallán, de donde salí con mi corte de artistas, después de haber llevado la civilización a tres reinos. Aquí están Mita y mi lago de Güijar. Hueytlato y su río Copán, Quirigua al lado de un océano y Cuscatlán al lado del otro océano... Por lo que hace al destino de nuestra religión, viendo estoy el porvenir, príncipes de mi casa restablecerán su poder, aunque la lucha entre la Luna y la Estrella de la Mañana se prolongara a través de los siglos. .. Mas mi deseo de volver a estar con vosotros es el de dormir el ultimo sueño en la cuna de nuestra raza.

Muchos cronistas refieren que Quetzalcohuatl murió a los pocos días de su vuelta a Tlapallán.

FRANCISCO GAVIDIA

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