4/21/2011

Literatura Hispana: José María Vargas Vilas

Mi tata me contaba del escritor colombiano que fue odiado por el clero, los gringos y los ricos, yo tenía 12 años, me dijo que de entre los más de 100 libros de este escritor, él tenía en su caja con llave dos de esos libros que estaban prohibidos en El Salvador.

Y tenía razón, poco tiempo después fui a la Biblioteca Nacional en San Salvador a buscar libros suyos y fui dicho que los libros de José María Vargas Vila estaban prohibidos en el país.

Vargas Vila nació en Colombia en 1860 y vivió en muchos países de Europa y América, aún fue representante diplomático de Nicaragua en España, adjunto a Rubén Darío, quien fue su amigo.


En Nueva York fundó una revista donde comenzó atacar a los gringos por el robo del Canal de Panamá, y el "home of the free and liberty" intolerantemente lo deportó.


Atacó y fustigó literariamente al clero, al imperialismo gringo, a las ideas conservadoras y estancadas... Vargas Vila fue de ideas liberales extremistas y él mismo se autoproclamó anarquista.


Leer sus libros era un reto para mí, era tener a huevos un diccionario a la mano porque usaba palabras que yo jamás había oído o leído.


Vila murió en Barcelona en 1933.


Mi tata fue un fanático de él y siempre lamentaba recordando "el pijo" de libros del escritor que por varias razones había extraviado quedándose con sólo dos: La Demencia de Job y la novela María Magdalena

... Pero yo sólo heredé la novela María Magdalena del cual les traigo un fragmento que recoge lo que sucede en el Monte de Getsemaní, donde Jesucristo ora solo, separado de sus discípulos que duermen a los lejos..., pero después que termina de orar…


MARÍA MAGDALENA


"Jesús, se pone en pie, pasa su mano por su cabellera desgreñada, y por su rostro lívido, y, extendiendo los brazos hacia adelante, como para rechazar o detener una visión que viniese sobre él, dice con una voz de angustia, voz de incertidumbre, llena de todas las debilidades...

— Huiré; me refugiaré en la montaña; maceraré mi cuerpo; ayunaré, cuarenta días, y cuarenta noches, y, volveré purificado entre los hombres; libre de todo deseo... y, como si quisiese borrar de sus ojos, una visión impura, se cubre el rostro con las manos, y, retrocede horrorizado en la sombra... el choque con otro cuerpo lo hace detenerse:

— ¿Quién eres?, dice, volviendo el rostro, e interpelando la forma que se alza en su camino;

— Yo, Maestro...

— ¡Magdalena!... la mujer, toma una de las manos del Maestro y la lleva a los labios; Jesús tiembla..

— ¿Tenéis miedo, Señor?

— Sí.

— ¿Miedo de quién?

— De ti...

— ¿De mí, que os amo tanto?

— Tengo miedo del Amor...

— Y, ¿no habéis venido a predicarlo? ¿por qué tenéis miedo de mí, que os lo traigo ?

— ¡Apartaos! ¡Apartaos! ¡Mujer!, grita el Cristo, con una voz desfalleciente, del ser que siente decaer sus fuerzas.

— ¿Yo?... dice la Mujer, tomándole por las dos manos, y, acercando a él las dos mamilas exuberantes, cual si se las ofreciese, centellando los ojos fosforescentes de deseos, y, los labios, llenos de incitaciones.

— Apartaos, dice débilmente el Hijo de Dios, como si hiciese el último esfuerzo para defenderse.

— ¿Apartarme de Ti? Señor; clama la Mujer, atrayéndolo violentamente sobre su seno y, devorando con un beso furioso, la púrpura virgen de los labios nazarenos...el Cristo, no se defiende, la deja hacer, se deja devorar de besos y de caricias, como resignado a la Inexorable Fatalidad de la Naturaleza, que ha hecho tan dulces las fuentes del Pecado; y, vencido cae, por el Amor, aquel que había venido a encadenarlo... y, el bosque todo tiembla en una fiesta nupcial; un soplo de divinidad acaba de pasar por él; es el beso de un Dios, que viene a fecundar la tierra. . . en la sombra se ve a Magdalena, que se encarniza en besos asesinos, y, sus brazos que se agitan con los gestos convulsos de las alas de un buitre que devorara un cordero... y, devorado fue por el pecado el Cordero de Dios, que había venido a redimir los pecados del Mundo:

A gnus Dei qui toüis, peccata mundi...

La Noche, negra, llena de una tristeza imperiosa, impenetrable... noche de pesadumbre; sin estrellas... por la colina lívida, más lívida que el cielo, avanza el Cristo: hacia el Huerto de Getzemaní; apoya una mano, en el hombro de Magdalena, y, se deja guiar, como si fuese un ciego: no él, sino su sombra, parece el Nazareno; una sombra, la sombra de un muerto escapado de un sepulcro, y, apoyado en una sombra hermana, que lo guía; toda flor de juventud ha huido de su rostro macilento, y de su mirada opaca, sin ternuras; la lividez de su rostro, es la del hemoptísico, a quien un tardío y violento uso del Amor, lleva a la Muerte; las violetas de sus ojos, son como dos carbones extintos, entre el negro voraz de sus ojeras, que llegan hasta sus pómulos salientes, donde un punto rosa, muy pálido, denuncia la fiebre que lo mina; su boca, es casi fea, a causa de la languidez desencantada de los labios, flácidos entre la barba inculta; las melenas en desgreño; se diría, que una larga serie de años, ha pasado sobre su juventud, para ajarla, para destruirla, para no dejar ni un vestigio, de esa encantadora y, enfermiza flor de gracia, que era su rostro de Rabino, encantado y soñador; más que vestido, por una túnica sucia, de color indefinible, y un manto harapiento, que el viento de la Noche agita, como para denunciar su estado lamentable; avanza por el sendero guijarroso, sus pies lacrados, apenas cubiertos y no protegidos por sus sandalias en jirones; nunca un aire de vencimiento igual, se vio sobre un rostro de Infortunio; ¡el anonadamiento absoluto, de aquel que ha perdido todo, hasta la Esperanza!

José María Vargas Vila
Tamen
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