7/28/2008

Adiós a los aguacates




Un día de estos escuché a mi madre comentándole a su esposo que la libra de lomo de aguja costaba 14 colones. Mi padre le respondió que en estos tiempos no existía nada barato.

-“Hasta los aguacates se han vuelto tan caros que muy pocas personas los pueden adquirir”, acotó.

Hace varios años en mi pueblo natal, Jocoaitique, al norte de Morazán, los aguacates costaban si acaso un cuartillo (tres centavos) para aquellas personas que no tenían el árbol ni la cosecha en su casa o no querían caminar al monte para cortarlos o “bajarlos a pedradas o garrotazos”, como decía mi padre.

El aguacate, la guayaba, el piñico, las flores de izote y de madrecacao, han jugado un papel fundamental en la dieta de los salvadoreños. Si en el campo no hubieran existido esas frutas, también hubieran languidecido la vida de los campesinos que representan el 60% de la población y constituyen el factor de equilibrio en esta sociedad.

Desde luego, aquellos tiempos no pueden compararse con estos. “La historia no se repite porque entonces sería una comedia”. El salvador y sus habitantes han cambiado. El salvadoreño de “antes”, más que todo, los campesinos, no conocían de ecología, ni de reservas silvestres o simplemente de protección de flora y la fauna.

De hecho cuando al caer la tarde, los campesinos se sentaban a platicar al borde del camino o en el cerco de piedra, lo primero que sacaban era el corvo o el machete para darle con el filo al tronco o rama de un árbol. Era una costumbre inveterada, una especie de ritual. Los sociólogos, que haces sus tesis sin haber vivido en el campo, atribuyen a esa manía del corvo a un deseo de violencia reprimida. ¡Puede ser, quién sabe!

Sin embargo, el corvo nunca hirió la corteza del árbol de aguacate y muy pocas veces vimos dañado el madrecacao en flor. El guayabo sí porque era utilizado para la leña, hacer trompos zumbadores y mangos de machete. En todo caso, el guayabo es un árbol cimarrón que crece silvestre en la campiña salvadoreña.

El campesino sabía que ese árbol le prodigaba alimentación, por eso lo cuidaba y cuando obtenían una buena semilla de “aguacate de mantequilla”, lo cuidaban en el solar de su casa. Por eso no era extraño observar en esos predios de tierra abonada con excremento de vacas, los árboles de aguacate, limoneros, el naranjo, matas de guineo y el ilustre izote en los cercos de piedra o alambre de púas.
Esa era la vida de antes.

Ahora se maneja otro tipo de simbología y señales: inflación, alto costo de la vida, devaluación, política cambiaria, crediticia y monetaria. Existan o no estos términos técnicos que los economistas utilizan para ilustrar sus seminarios, lo cierto es que los aguacates raizosos o de mantequilla, los huevos, la leche y las chilipucas, han subido de precio y el salvadoreño medio, ya no digamos los campesinos, no cuentan con el suficiente poder adquisitivo para comprar y degustar esos productos considerados en la actualidad como “manjares suntuarios”.

A nadie le hace gracia ir al mercado, ya no digamos al “súper” y comprobar como los precios e han ido por las nubes. La propaganda y el discurso de los funcionarios se estrellan contra la dura realidad que se vive diariamente. Ya las amas de casa ni tocan los aguacates, los guineos majonchos o los tomates. Mejor preguntan y miden las ilusiones contenidas en la cartera.

El dicho de “los viejos tiempos fueron mejores”, tiene validez para nuestros mayores. Sí, ellos comerciaban con el cuartillo, el real, los dos reales, las cinco manos, la libra y los centavos. Esas palabras que son parte de una tradición oral han sucumbido para dejar espacio a los términos técnicos y la sustitución de monedas. Ahora el comercio es en grande y se vale de todo; desde la galopante inflación, hasta el contrabando, los acaparadores y la ley del más fuerte.

En esta triste realidad, le tenemos que decir adiós al aguacate, a los guineos majonchos y a los piñicos. Ojalá que nunca tengamos que despedirnos del shuco, del atol de elote y del chilate con nuégados. Ni mencionamos las pupusas porque estas ya subieron de precio y están perdiendo la calidad, el sabor, que las caracterizaron en años anteriores.

Los economistas y los expertos en inflación y pérdida de poder adquisitivo de la moneda, pueden hacer sus análisis y quizás nos expliquen porqué suerte de magia los precios de los productos que siempre han constituido la dieta básica de los salvadoreños (frijoles, arroz, aguacates, maíz, azúcar y sal) han subido de precio. Esta es la cristalina verdad que diariamente afrontan las mayorías, esas que producen la riqueza que crea los valores de ésta nación que se resiste a perder su identidad y su tradición.

San Salvador, domingo 3 de diciembre de 1989

Enrique S. Castro
De su libro “Trapiche”