7/13/2008

La pelea del siglo



Siempre he sido aficionado al deporte de las narices chatas y las orejas de coliflor, el boxeo.
La afición la heredé de mi padre quien no se perdía las transmisiones en directo por radio de onda corta que llegaban hasta nuestro país, provenientes de los Estados Unidos.
En mi casa-una pieza de mesón cerca del centro de San Salvador- se reunían muchos de nuestros vecinos alrededor de aquel enorme radio marca Philco de tubos al vacío que teníamos en el corredor a escuchar las narraciones que procedían del Madison Square Garden de Nueva York, la Meca del boxeo mundial, hasta ese momento.

Recuerdo haber escuchado en la vieja radio, peleas de boxeadores famosos como Floyd Patterson, Sugar Ray Robbinson, Rocky Marciano, Jack LaMotta, Kid Gavilán, Tony Zale, Jersey Joe Walcott y Cassius Clay, que más tarde cambiaría su nombre por el de Mohammad Ali.

Posteriormente, y con la llegada al país del hasta entonces“novedoso” medio de comunicación -la televisión-, pude ver “en vivo”, peleas memorables como las de Ali-Bonavena, Frasier-Foreman, Leonard-Duran, Olivares-Argüello, Hagler-Herns, Ali-Norton, así como también de boxeadores nacionales como El “Pato” Fuentes, “Chubalo” Cubías y el “Cipote” Avilés.

Pero de todas ellas, la que más presente tengo en la memoria es el primer combate protagonizado por el entonces campeón mundial invicto de los pesos pesados Joe Frazier y el retador, también invicto, Mohammad Ali, quien había sido despojado de su condición de campeón de todos los pesos tres años antes, por haberse rehusado prestar servicio militar; pelea que fue promocionada como “La pelea del siglo” por los organizadores, en la cual se les garantizaba a los contendientes no menos de dos millones y medio de dólares, cifra astronómica, y hasta entonces, nunca antes devengada por ningún púgil.

Pero este relato no es sobre ese famoso combate protagonizado por Ali y Frazier, en 1971, considerados en ese momento los dos mejores boxeadores de peso completo, sino sobre otro, -que a mi juicio-, fue mucho más disputado, emocionante, sangriento y por qué no también decirlo, divertido y jocoso; pero que no hizo titulares en el mundo entero, ni fue televisado por circuito cerrado, ni tuvo una bolsa millonaria; y que fue protagonizado por dos chichipates callejeros de San Salvador que se convirtieron en boxeadores amateurs de la noche a la mañana por la imperiosa necesidad de reunir dinero para comprar un pacha de guaro para quitarse la goma.

Corría el mes de agosto de 1968 y las fiestas capitalinas con motivo del Divino Salvador del Mundo estaban en todo su apogeo y plenitud. En esas fiestas se acostumbraba poner un cuadrilátero de boxeo en el predio que queda al frente del Parque Libertad, en el cual cualquier aficionado, novato o todo aquel que se sintiera gallito, podía calzarse los guantes y meterle un par de trompadas a cualquier otro valiente que se subiera al ring. Todo aquel que se subía al encordelado debía de aguantar, por lo menos, tres rounds de tres minutos o hasta que uno de los dos saliera noqueado.

Había un “referee” y dos “seconds”, uno en cada esquina, y eran los que se encargaban de calzarle los guantes a los pugilistas, de darles aire con una toalla manchada de sangre, sudor y saliva en el minuto de descanso, y un poco de agua, y también se encargaban de recoger dinero entre la concurrencia. Una pequeña parte de lo recogido era entregado a los gladiadores aficionados.

Las peleas eran por las tardes. Como eran días de asueto y el espectáculo era gratuito, lograban reunir unos cuantos cientos de espectadores, Pues en una tarde calurosa de esas, nadie se quería subir al ring. Y por más que el referee y los seconds incitaban a la gente a que se animaran a subir, nadie lo hacía. De repente una pareja de bolitos, que por su apariencia y vestimenta se notaba que eran chichipates de cantina , levantaron la mano indicando que ellos querían subirse al encordelado para hacer la cabuda para la pacha de zangolote.

Al principio, el encargado del show no los quería dejar subir, porque andaban todos shucos, apestaban a zanate muerto y se manejaban un juelgo a guaro marca Satanás.
Pero, al ver que nadie más se animaba a calzarse los guantes, a regañadientes, aceptó.

La majada que estaba viendo el espectáculo estaba muerta de la risa porque uno de los contendientes era bizco y le faltaban los tres dientes frontales del maxilar superior; y el otro boxeador era sapirulo, medio patojo y se le andaba cayendo el pantalón porque no traía cinturón ni mecate para amarrarse los calzones. Para terminarla de amolar, no tenía calzoncillos y se le miraban las nalgas y costras de tierra alrededor del “Aniceto”.

Sonó la campana invitando a los guerreros al centro del ensogado para iniciar el combate, tocaron guantes como caballeros, se persignaron, subieron sus brazos, empezaron a bailotear como verdaderos pugilistas…pero no lanzaban ningún golpe.

La nutrida concurrencia, al ver que no lanzaban trompadas, empezó a silbarles “la Vieja”, a insultarlos y a decirles que se bajaran del ring. Al ver esto, el referee les dijo:
“miren cabrones, si no empiezan a tirar vergazos voy a llamar a la Municipal para que se los lleve a la chirona por chichipates, y no les vamos a dar nada de pisto”.

Los dos bolitos asintieron con la cabeza.

Volvieron a levantar los guantes y empezaron de nuevo a bailar con más animosidad que al principio. Ninguno de los dos se animaba a tirar la primer ganchada y los espectadores empezaban a chiflar de nuevo. Al referee ya se le miraba la cara de emputado; cuando de repente, el más pequeño de los dos, soltó la primer manotada; un volado de derecha que pegó en pleno rostro de su oponente, haciendo que perdiera la vertical lanzándolo con violencia a la lona.

El gentío empezó a gritar emocionado y el árbitro empezó la cuenta reglamentaria de diez segundos. El bolito bizco que había sido derribado, se levantó encachimbado a la cuenta de ocho, se quita los guantes, corre a toda prisa en dirección de su oponente, se le deja ir encima y le zampa una patada en el culo a su oponente, aprovechando que el árbitro estaba de espaldas.

Los dos borrachos empiezan a tirarse manotazos a lo loco, se enredan en las cuerdas, el
árbitro interviene pero pierde el balance y los empuja sin querer afuera del ring.
Los aficionados que estaban cerca del encordelado tratan de ayudarlos, pero al sentir el patín a sobaco y a pata shuca, desisten de ello y los dos bolitos logran subirse de nuevo al ring por cuenta propia.

El árbitro le dice al bizco que las patadas no se valen en el boxeo, y este le dice:
“Eso a mi me vale verga. Quedamos con este cerote que nos íbamos a tirar golpes suavecitos para no hacernos daño, y este pendejo por poco me endereza el ojo bizco del vergazo. Hoy me las paga este cabrón”.
Y le dice el otro bolito: “Entonces ponéte los guantes y démonos verga como hombres y no tirés patadas a traición como culero”.

Los siguientes seis minutos de pelea entre estos dos personajes han sido los más emocionantes, intensos, sangrientos, y divertidos que jamás haya visto en mi vida.

Soltaron jabs, uppercuts, ganchos al hígado, rectos de derecha, bolo punches, volados, uno-dos, y hasta un par de coscorrones.

Cada vez que al más pequeño de los dos se le caían los pantalones, bajaba la guardia para subírselos para que no se le vieran las nalgas. Esto era aprovechado por el bizco para meterle un par de vergazos a la cara. Este, a su vez, por ser bizco, miraba doble, así que algunas veces tiraba los golpes al aire, ocasión que ocupaba el chaparro para meterle sus pijazos en la panza para sacarle los pedos.

No recuerdo cuantas veces cayeron a la lona, talvez unas seis o siete cada uno, y en cada ocasión se levantaban antes de la cuanta de diez. Casi al final del tercer round, el bizco cayó a la lona por un golpe bajo a lo huevos que le zampó el pequeño. La majada gritó “Foul”, y algunos se metieron a levantar al bizco para que siguiera dándose pija.

Cuando sonó la campana dando por finalizado el combate, la concurrencia ovacionó con un nutrido aplauso a aquellos dos guerreros que se habían dado golpes hasta por debajo de la lengua.

El bizco terminó con otro diente menos, dos chindondos en la cabeza y la oreja derecha como de elefante. El chiquito, terminó con los dos ojos cerrados, con la nariz quebrada y sin calzones, con la paloma y los huevos al aire libre.

Como justo premio a tan heroico, valiente y divertido combate, los promotores les entregaron a cada uno de los pugilistas, tres colones, una papelada de fruta helada con hielo para que se curaran los moretes. Y de premio principal: un medio litro de Muñeco, que para aquellos boxeadores aficionados guanacos era más valioso que la jugosa bolsa multimillonaria que se disputaron Alí y Frasier en Nueva York en la mundialmente famosa “Pelea del siglo”.

Y se acabuche, pata de cuche.

Memo R. Díaz