viernes, febrero 14, 2020

Poema Finsemanero XVIII: Dorados Caminos



A Leroy lo insultaban los negros envidiosos llamándolo negro por gusto porque era estatura pequeña, no jugaba basquetbol, no podía bailar ni cantar, y ex novias dijeron tenía paloma chiquita... pues le clavaron negro por gusto.

1984 fue el boicoteado verano olímpico de los gringos y en Chicago hacía un calor de la gran diosa..., yo trabajaba de llantero, pero si le pongo caché como le encanta a los gringos, mi profesión u oficio sería Mecánico de Llantas, pero en total mi trabajo era cambiar, balancear, reparar llantas de vehículos livianos en una compañía localizada en el corazón del sur de Chicago, el territorio de los que por entonces comenzó a llamarseles como afroamericanos.

Pero Leroy, quien era amigable, sonrisa afable, y plante inofensivo, nos gustaba a los latinos y a algunos negros segregados en los dos talleres, excepto por un puñado de prietos envidiosos mala onda, de esos que se hayan hasta en China y que siempre le tiraban chinas a Leroy por su estatura.

Y es que Leroy tenía algo que la currunchunchún de llanteros no teníamos: Leroy era graduado universitario, pero no era tufoso, en tres años que trabajamos juntos nunca noté que viera alguien de menos, o sacara pecho de sus logros académicos. Leroy era un hombre humilde y andaba en sus 30, pero seguía soltero... aunque no era canelón.

Manejaba un carro del año, se ponía trozo de ropa, zapatos de cien vergas, y oro en puta. Su oficina era alfombra y aire acondicionado y también era gustado, respetado, tomado en cuenta por la élite blanca mandamás; sin embargo, Leroy llegaba al calor, la suciedad, la negrura donde trabajábamos, a platicar con todos, pero con nosotros, los latinos, se pegó pues decía quería aprender español y lo estaba haciendo bien..., el chavo sencillamente era buena onda.

En ese taller edificio, y como lunares de charco, nos segregábamos siete latinos: 2 potorros, 2 mexicanos, dos chapines, y yo. Era un local de casi dos manzanas de las nuestras, dos enormes hangar talleres con alrededor de 200 empleados en las diferentes secciones.

Los negros eran mayoría, pero sin título universitario hacían, como nosotros, los trabajos más vergueados y de más baja paga. Los blancos europeos eran apenas un 5% pero ocupaban las posiciones claves y ganaban los más altos salarios. Leroy, como Lead Senior Accountant, se hallaba entre ellos.

Trabajando un día de verano oímos un disparo en la esquina opuesta y vimos un negro caer al suelo y dos más salir corriendo... Era Leroy que salía de comprar lunch..., era asaltado por sus mismos hermanos de raza.

Un disparo en la cabeza acabó con su vida.

Tamen

5/15/2008

Gritar, aunque es peligroso gritar,
cuánta falta hace un buen tango,
o bien una ranchera que de cólera,
talvés un mural de Diego Rivera
o un poema de Miguel Hernández,
un Che Guevara, un Bolívar, Martí,
Sandino, o Monseñor Romero...

Escribir, aunque es jodido escribir,
que hay amos, esclavos, y ataduras,
hay imperio con siervos y lacayos,
que el paraíso de mercado es quimera,
con su rival ya un chasco fosilizado,
y el proletario especie en extinción.

Decir, si bien entristece el decir,
que ya no hay vecino ni barrios,
no se ven bueyes y no hay cerros...
que la villa es mercancía de valía
el árbol de Navidad ya no es verde
y la luna ciega tanto como el día...

Contar, si bien no se debe contar,
que el sol no se espera, él llega,
pero se siente cual noche sin fin,
y el dogma es paradigma inútil
que avasalla, impone, y somete,
y quien se opone es aplastado...

Revelar, no obstante este vedado,
que el primero es media mentira,
y el último solo es media verdad,
pero todo primero tiene crepúsculo,
y todo último es hijo de una luz,
pues uno es mentira de la verdad,
y el otro la verdad de la mentira...

Tamen
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