4/12/2018

Desde Mi Diáspora: Un Saludo A Mi Hermano


Mi hermano mayor Julio y mi primogénito Jorge Jr., fallecieron en diferentes años, diferente mes, pero con una semana de diferencia. Julio se fue a su Cuadrante en marzo/2014 y mi hijo en abril/2001... Julio, de 72 años, murió de un infarto cardíaco, mi primogénito, de 21 años, fue acribillado con 10 balazos por dos policías racistas de Chicago. A mi hijo en su honor escribí Cuadrante NF… pero a Julio no necesito escribirle nada porque él lo ha escrito todo mucho mejor que yo. Sería un sacrilegio que yo le escribiera.

Tengo un libro interesante que mi hermano me regaló, no lo leí inmediatamente, era 1991 y yo andaba entonces en otras ondas, pero lo volví encontrar y lo devoré.

Se trata de una publicaión de APES (Asociación De Periodistas De El Salvador)… APES organizó un seminario en julio de 1991. El tema principal del seminario de los periodistas salvadoreños se tituló: "El Papel De Los Medios De Comunicación En El Proceso De Reconciliación Post-Bélica".

APES invitó a mi hermano a que disertara sobre "Las Esperanzas De Los Salvadoreños En Estados Unidos"

Me encula cuando mi broder a calzón quitado dice sin ahuevarse que “Aquí se ha hablado de empirismo periodístico y me he dado por aludido. Soy empírico en función de El Salvador”.

Julio menciona sucesos en su vida que ignoraba, éxitos personales antes de su diáspora,…. En la publicación cuenta el frívolo estereotipo salvadoreño de un  chirigualense que ocasionó el saqueo y motines que los salvadoreños que viven en Washington D.C., ocasionaron por varios días en la ciudad en 1989.

Mi hermano era buen escritor..., pero aún mejor como orador... Sencillamente mesmerizaba cuando hablaba y en Chicago muchos alcoholicos anónimos aun recuerdan sus disertaciones.

Yo con orgullo digo que tuve un especial hermano que aún y siempre quiero y extraño mucho.

¡Mis fraternales abrazos van hasta tu Cuadrante broder!

 
Yo no tengo como virtud ser chascarrillero, para eso soy más simple que un agua mineral... tampoco me considero ora­dor.

Antes de hablar sobre lo que profesionalmente he hecho y hago y posteriormente entrar de lleno al tema, déjenme hacer un bosquejo sobre el periodismo hispanoparlante en Chicago y sobre la organización que presido: APLI o Asociación de Perio­distas y Locutores Interamericanos de Illinois.

En Chicago circulan más de una docena de publica­ciones con periodicidad semanal, se operan cuatro estaciones de radio denominadas "grandes", porque mantienen programación continua, las 24 horas en español, esto adicio­nalmente a los 25 programas radiales, también en nuestro bello idioma, que se escuchan en radio-emisoras bilingües y multilingües. Con relación a la televisión, contamos con un canal con programación parcial en español y con el Canal 44 que ha sabido mantener producciones en las que se amalgaman ma­gistralmente los propósitos universales del periodismo: orientar, informar y entretener. De estos medios de comunicación pro­vienen los 30 miembros de APLI, mi organización... y no en sen­tido de posesión, sino en el de pertenencia invertida: yo me debo a APLI.

Ustedes han leído mi nombre y que soy uno de los periodistas visitantes. Es cierto que resido en Chicago, pero tengo la enorme satisfacción de ser salvadoreño, tan guanaco como el Tihuilote, el "a la púchica" y el papaturro. Mi ombligo lo enterraron en 1942 en el Barrio de Candelaria y para aquello de que el "ombligo jala", aquí estoy yo para reafirmarlo. Mi es­cuela primaria la realicé en la San Alfonso. La secundaria en el Instituto Nacional. Escribo desde la edad de 9 años, cuando tuve el privilegio de conocer a Don José Jorge Laínez, quien me motivó a redactar algo para la Página Infantil de La Prensa Gráfica, al tiempo que me estimulaba a seguir formando parte del cuerpo de locutores infantiles formado por Doña Rubenia de Ruiz en YSU. Mr. Ikuko, se aventuró publicando varios de mis artículos de cipote... y se me despertó la pasión por la escritura que con el tiempo desembocó en afanes periodísticos.

A la par de mis estudios secundarios cultivé un hábito que eufemísticamente puedo llamar bohemio.

Ya pasada la adolescencia, el Diario Latino y El Diario de Hoy me publicaron varios artículos en la página editorial y la emoción que sentí la primera vez que leí mi nombre en esas páginas, solamente la pueden describir e interpretar, aquéllos que hemos disfrutado esa experiencia.

Mi primer artículo en Diario Latino era un paralelo entre el Plan Marshall y el Punto IV que era una especie enanizada del Plan Marshall para América Latina, después de la II Guerra Mundial. Mi abuela, una señora muy conservadora, y con una singular capacidad para oler un solo color, leyó el artículo y al finalizarlo se me quedó viendo con unos ojos similares a los que pone un policía cuando va a dar una esquela y dijo: "...me huele a rosado..." Ese fue el primer estímulo a mis afanes.

Mi hábito y un círculo bien hermético, casi infran­queable, de profesionales del periodismo salvadoreño de me­diados de los sesenta, me impidió la consecución de un empleo en ese campo. Pero como nadie es profeta en su tierra, aquí estoy participando en este seminario periodístico y paradó­jicamente he sido invitado a él, como un honor que no creo merecer, por mis colegas de El Salvador.

El tema que me han asignado, tiene mucho de hipoté­tico, porque a pesar de que todos deseamos la paz, este desan­gramiento parece ser talla única:

Se estira y se encoge de acuerdo a las circunstancias y al criterio de quien pronostica el cese del fuego. Hoy se dice que hay más esperanzas que ayer para lograr un acuerdo pacifica­dor y no podemos omitir "que la esperanza es la hermana más pobre de la fe".

Un militar de alta graduación pronosticó que en tres meses se podría lograr el cese al fuego y un reputado ele­mento de la oposición dijo el pasado lunes que ese paso podría materializarse en lo "que falta para concluir este año".

Algunas veces pienso que los salvadoreños en los Esta­dos Unidos, estamos mayormente —y quizás mejor— informados que mis compatriotas de acá en cuanto al desarrollo de la Guerra y a los esfuerzos por la paz. Cuando hace unos meses la guerrilla derribó un helicóptero con un asesor estadounidense a bordo, la información se proyectó en los Estados Unidos a la hora y treinta minutos de haber ocurrido, y la televisión mostró gráficas tomadas en el sitio del funesto incidente, las cuales fueron vistas aquí —en El Salvador— más de 12 horas después de haber ocurrido el derribamiento. Y mientras acá se entrevis­taba a testigos tratando de clarificar si el asesor norteamericano fue ajusticiado o cayó herido de muerte, en los Estados Unidos lo de los testigos era cosa vieja y la prensa en general se ocu­paba en analizar el hecho y las consecuencias políticas.

Caso similar ocurrió con la muerte de los jesuitas.

Indiscutiblemente, la guerra ha generado un flujo des­comunal de salvadoreños a los Estados Unidos, pero antes del conflicto, mucho antes ya los había y no me refiero al General Manuel José Arce ni al Presbítero José Simeón Cañas, ni a los otros próceres que visitaron la costa este de los Estados Unidos en la primera mitad del siglo pasado, sino a salvadoreños que verdaderamente son ilustres desconocidos quienes llegaron buscando un futuro mejor, riquezas, bonanza, comodidades. Esta gente quizás pensó que en Estados Unidos se cocinaban millonarios al vapor, fenómeno que se dio no allá, sino acá... y no en el siglo pasado, sino en el presente, pero en la década pasada.

En Sacramento, capital del Estado de California, en el archivo que el Departamento Estatal de Minas y Recursos Natu­rales guarda de los mineros matriculados como tales durante el período de la fiebre del oro, y precisamente en el año 1865, aparece un nombre que se lee de puño y letra A. Quiróz. Escrita supuestamente de manos del mismo Sr. Quiróz también se lee la edad, 31 años y en la columna de donde los mineros anota­ban su procedencia, se lee en letra tipo Palmer "del Salvador".

Sobre la presencia salvadoreña en los Estados Unidos se cuenta una anécdota que aseveran como cierta: En el primer año de la administración del Presidente Franklin Delano Roo­sevelt, se celebró en Nueva York y como parte de lo que se llamó "NEW DEAL" o "Nuevo Trato"... el Día Panamericano.

En Chicago, en el lado norte de la ciudad, reside una viejecita. Su nombre de soltera es María Luisa Cañas, tiene 93 años de edad; llegó a San Francisco California en 1926 acompañada de la entonces señorita Nina Bengoa  "nuestra viejecita", como llamamos a Doña María Luisa, se trasladó por tren a Chicago. Salvo una excepción, en 1978, Doña María Luisa ha retornado a El Salvador. La intención de nuestra anciana no era radicarse nuevamente en el país, sino pasar acá en su tierra, como ella lo confiesa, "unas tres se­manas de vacaciones"... pero sólo duró 11 días. Doña María Luisa Cañas, además de ser un valioso rosario de anécdotas del Chicago de los años 30, también es, a mi juicio, uno de los pocos sobrevivientes que quedan del terremoto de 1917 y su conversación sobre la vida de San Salvador y Santa Tecla de los comienzos del siglo, es un aporte inexplotado para nuestra historia, que hemos escuchado con ese pintoresco español que ella habla con acento anglo-sajón, pero ilustrado con nahuatis­mos como bicha, achís, bolados, etc... Doña María Luisa Cañas es todo un show.

La emigración salvadoreña a los Estados Unidos ha sido lenta pero constante, aunque la guerra que nos desangra la dinamizó y si antes de 1980, San Francisco y Los Ángeles eran los sitios seguros para una aventura buscando el toque de Midas, después de 1980 se abrieron otras plazas como Houston y Dallas en Texas. Detroit en Michigan, Philadelphia y Pitts­burg en Pennsylvania y, la más notable, Washington D.C., en donde vive casi toda la población masculina de lntipucá y cualquiera que visite ese pueblo hoy en día, como yo lo hice en enero pasado, verá que es un modelo de pueblo con casas de cemento, calles pavimentadas, abundancia de gua potable y el dólar circula como en Washington.

En mayo pasado, la población salvadoreña de la Capital Federal saltó al estrellato periodístico. El Washington Post publicó un titular que decía: "Los salvadoreños muestran su tempera­mento violento".

Resulta que Daniel Enrique Gómez, nacido en Chiri­lagua, decidió violar la ley tomándose una cerveza en plena vía pública. Dos mujeres policías se le acercaron para arrestarlo y... prendió el machismo en Daniel Enrique. Lo podía arrestar un hombre, pero una mujer... eso nunca se lo perdonaría la cherada. El parte policiaco dice que Daniel Enrique Gómez ame­nazó con arma blanca a la mujer policía que lo arrestaba y ésta, al verse amenazada sacó su revólver y le metió un balazo al joven salvadoreño. La vox populi dice que Gómez estaba esposado cuando fue balaceado y el caso encendió la mecha de un antagonismo que hasta en mayo pasado era silencioso: Hispanos contra negros, porque la mujer policía era de la raza de color. Lo que vino fue una crisis municipal para la alcaldesa de Washington a consecuencia de los saqueos a negocios, heri­dos, arrestados y noticias... muchas noticias sobre el tempera­mento belicoso del salvadoreño.

Dos publicaciones de mucho arraigo en los Estados Unidos como son la Revista The Nation y The New Republic, usaron por primera vez en su historia una palabreja que es patrimonio de los guanacos: el desorden fue provocado —escri­bieron las publicaciones— por un "bolito".

La natural desconfianza guanaca impidió que nos reportáramos en el Censo de 1980 en los Estados Unidos, que por primera vez buscaba una cifra de la población latinoameri­cana país por país. Para dar un ejemplo sobre lo irreal de las cifras censales del 80, puedo informarles que ubicó en Illinois, en donde queda Chicago, a solamente 119 salvadoreños, lo que signficaba que mi familia y yo constituíamos en 1980, el 10% de la población salvadoreña y dejaban por fuera a la familia Cañas, a la familia Canjura, a los Olano, a los Cortés, a los Mendoza, los legendarios macachiches, que son familias que yo encontré cuando Ilegé a Chicago en 1969.

Todavía no han sido dadas a conocer las cifras del Censo de 1990 en lo que respecta a nacionalidades, pero puedo pronosticar que prevaleció el temor a reportarse en ese censo o... la desidia para hacerlo.

He usado diferentes fuentes, incluyendo al Servicio de Inmigración de los Estados Unidos, a colegas periodistas, a pe­luqueros que son los que más saben de sus vecindarios, a jefes de policía, sacerdotes, trabajadores sociales, etc., para darles estas cifras que —óigase bien— pudieran ser conservadoras: en Los Ángeles viven 400 mil salvadoreños; en San Francisco 100 mil; en una ciudad aledaña a Nueva York, llamada Hempstead viven 50 mil salvadoreños y en esta cifra no están incluidos los guanacos de Jamaica y Brooklyn que son parte del área metropolitana neoyorquina.

En Houston, Texas, los salvadoreños son unos 50 mil; en Miami, Florida unos 25 mil —y no estoy hablando de millones de dólares-. En Washington, en donde hay restaurantes con nombres como El Migueleño, Planes de Renderos, El Faro San­taneco, etc., hay 40 mil salvadoreños y de esta cifra están ex­cluidos los guanacos de Alejandría en Virginia y los que viven en Baltimore, Maryland, que son ciudades aledañas a la capital fe­deral.
En el área metropolitana de Chicago habemos 50 mil salvadoreños y... creo que me quedo corto.

En esta semana una publicación local dijo que los salvadoreños enviábamos 60 millones de dólares mensuales al país; permítanme corregir esa cifra basado en datos propor­cionados por el Departamento del Tesoro y el Servicio Federal de Rentas Internas de los Estados Unidos: son 72 millones de dólares mensuales los que enviamos los 750 mil salvadoreños que vivimos en los Estados Unidos en donde suspiramos por las semillas de paterna, los frijoles de seda, los huevos de amor, las gallinas indias y tantos otros platos del tipismo gastronómico salvadoreño.

El año pasado, el Congreso de los Estados Unidos aprobó una ley denominada "Estado de Protección Temporal" o Temporal Protection Status exclusivo para la población salvadoreña. Esa ley proveería permiso de trabajo por 18 meses a todo aquel compatriota que lo solicitara. Técnicamente, esa ley ha sido un fracaso, porque al apegarse a ella, el salvadoreño quedaría, vamos a decir, fichado y si los 18 meses no se pro­rrogan como existe la posibilidad, los que tomaron ventaja de la ley serían candidatos potenciales a la deportación. La fecha de vencimiento para solicitar esta supuesta ventaja terminaba el 30 de junio pasado y cuando digo que técnicamente la ley ha sido un fracaso, lo confirma el hecho de que se ha prorrogado por 30 días más la fecha de vencimiento para solicitar el Estado de Protección Temporal.

Si el pueblo salvadoreño está ideológicamente frac­cionado en mayor o menor grado, la población salvadoreña de los Estados Unidos también lo está. Si aquí hay izquierdas y derechas, allá también las hay.

Pero existe uniformidad de criterio en cuanto a la paz, que se desea allá, tanto o más que acá, una paz que de llegar no provocará el retorno en estampida de los salvadoreños, que por otra parte es inconveniente para las iniciativas económicas que deben implementarse con la llegada de la paz, las que se agravarían en primer lugar porque mermarían los 72 millones de dólares que mensualmente afluyen al país y en segundo lugar porque el retorno masivo causaría un espejismo económico que se disiparía tan pronto se le agoten al salvadoreño los dólares —que no serían muchos— que trajo a su regreso.

Cuando hablamos de norteamericanos, usualmente pensamos en los Estados Unidos, discriminando de la geografía septentrional del hemisferio occidental a México y Canadá. Luis Enrique Mercado Sánchez, un periodista mexicano experto en asuntos económicos, nos manifestó en Chicago que hay una población fija de unos 20 mil salvadoreños sólo en el Estado de México.

En Canadá, Montreal y Toronto han sido ciudades mucho más hospitalarias para nuestra gente que las grandes urbes de los Estados Unidos. Se calcula que en Montreal hay unos 15 mil salvadoreños, en Toronto unos 10 mil, gracias a los programas de expansión migratoria que el gobierno canadiense ha implementado. En la Provincia canadiense de Alberta, pre­cisamente en la ciudad de Calgary, el periodista Benjamín Guzmán edita un semanario con mucho éxito y los tres mil ejem­plares de su publicación son consumidos ávidamente por los 8 mil salvadoreños que parecen haberse adaptado al frío de esa gélida ciudad.

Aquí se ha hablado de empirismo periodístico y me he dado por aludido. Soy empírico en función de El Salvador; sin embargo, los múltiples cursos que he recibido, incluyendo uno intensivo de 30 días sobre periodismo científico en la Universi­dad Columbia-Missouri, me han hecho sentir confianza en mí mismo para continuar practicando un periodismo, llamémosle vocacional, pero un periodismo de audacia con objetividad y prudencia con veracidad.

Como salvadoreño y como periodista, tengo un compro­miso ineludible con mis compatriotas, pero no se crea que cum­plir esa tarea es cosa fácil, porque siempre resaltan la malicia pipil, la desconfianza política, las envidias y tantos otros factores que son los que nos mantienen dispersos, diáspora que se com­plica por la inmensidad de las urbes norteamericanas.

El salvadoreño sueña con regresar, pero salvo raras ex­cepciones, después de haber vivido seis meses en los Estados Unidos, muy difícilmente lo hará; buscará radicarse legalmente o vivirá por años y años ilegalmente pero siempre mostrando su emprendimiento y amor a la patria que se siente más cerca, cuanto más lejos esté el terruño.

Allá en los Estados Unidos, cantamos el Himno Nacional a garganta batiente y con la piel de gallina; ayer, en este recinto, el Himno fue melódico y el canto fue un susurro.

Esta mañana mi colega y amigo Fernando Prieto, ha­blaba de la consecución constitucional de la doble ciudadanía para los colombianos que han adquirido otra.

Los salvadoreños —decía él— tienen esa ventaja; pero también debo aclarar que tenemos el privilegio de ser los únicos en el mundo que, además, gozamos —también por derecho constitucional— de múltiple ciudadanía; sin embargo, ¿de qué sirve ese derecho cuando no podemos cumplir con el más sa­grado de los deberes, que es el sufragio? Y en ello Colombia, Perú y Ecuador marchan a lá cabeza pues los nacionales de esos países pueden cumplir con el deber del voto estando fuera de su patria.

Quiero finalizar esta exposición pidiéndole a la clase pensante de mi patria, a mis colegas de APES y a los salvadoreños en general, que se solidaricen con el esfuerzo que se está gestando en diversas ciudades de los Estados Unidos, en donde organizaciones como el Comité Cívico-Cultural Salvadoreño de Chicago se aglutinarán en un organismo común para peticionar ante las autoridades respectivas, no que se nos otorgue porque lo que es legal no se limosnea, sino que se nos retribuya el derecho del sufragio para aquéllos que como yo, residimos en el exterior.

Julio César Montoya
Tamen
.