12/11/2017

Memorias De Un Desmigrado: La Premonición de Doña Marina


En medio de la gran goma física y la humillante cruda moral se me vino el recuerdo de doña Marina esa mañana de febrero de 1981... Día de la última gran talega que sufrió y disfrutó mi vida, la última vez hasta este día que embrutecía a mi cuerpo y mi mente libando alcohol... Al despertar, en la mierdécima de recuerdo de la pelazón de cables, el nombre de Doña Marina se apoderó de mi memoria.

Doña Marina era una mujer de estatura baja, pelo negro corto, piel clara, cara siempre sonriente y ojos dulces como la miel. Hacía ratos había ingresado al hospital y su carisma humilde y alegre nos había cautivado a todos los estudiantes, residentes y médicos.

Ella llegó con un "me canso rápido al caminar y me da mareos". Su historia clínica y exámenes de laboratorio confirmaron Leucemia... una enfermedad terminal de la sangre, pero lo mismo que ahora, la falta de tecnología de nuestros centros de salud en la época de los años 70s la convertía mayormente en una segura muerte.

Todos los estudiantes practicantes conversábamos con ella y dentro de la rotación se me asignó su cama. Varias mañanas, después de la ronda, me quedé platicando con ella e hicimos una personal amistad en donde ella, como madre y mujer madura, aconsejaba un huérfano de madre en la desquiciada flor de su juventud.

Doña Marina había entrado caminando, pero la enfermedad había progresado hasta destinarla a la cama... aunque su cara y espíritu alegre nunca la abandonaban... y este día que me dijo su Premonición, estaba tan débil -¡y todavía!-, su dulce sonrisa no era forzada.

Sucedió a principios del último diciembre de la memorable década de los años 70s. Yo me había voluntariado a quedarme por vez primera haciendo turno nocturno en el hospital Rosales. Era lunes y llegué después de haberme puesto una señora verga, de esas que lo dejan a uno moralmente hecho mierda. Mis ojos eran rojo carmín y mis nervios cables eléctricos.

Las adicciones que ocasionaban despelotes en los años 70s entre la juventud universitaria capitalina de la que yo fui parte era limitada a seis drogas: música rock, alcohol, cigarros, marihuana, cafeína y anfetaminas... Algunos se limitaban a experimentar con una, muy raros los que a ninguna, y el gran pijo, como yo, a todas.

Entre mi mara jamás recuerdo hubo crack, cocaína, o para arriba, la marihuana era la droga más fuerte, pero también era la más perseguida y estigmatizada; en cambio los cigarrillos eran socialmente aceptable, el alcohol el más aclamado, el café era de ley y la anfetamina una necesidad.

El ponerse a verga era parte del currículum de la mayoría de los estudiantes de medicina de mi época de los 70s. Terminar un parcial, o una rotación clínica, y después ponerse a verga en La Puesta del Sol, Mar y Tierra, El Zorba, o cualquiera de las tienditas que abundaban alrededor de la Universidad, o del Hospital Rosales, pareciera que estaba en el pensum de la carrera de Medicina entre mis compañeros con quienes estudiaba y rolaba... Y las anfetaminas vendidas libremente a dos por 25 ctvs., con el nombre de "pastillas Sinsueño" sacaban de agüite cuando por chupar, andar jodiendo, o por huevón, no se estudiaba con tiempo.

Todas estas drogas, excepto la mota, se vendían libremente en la tienda o la cantina de la esquina desde los siete años para arriba.

Pues una de esas papalinas de dos días en la que yo terminaba viendo diablos es la que me había clavado el fin de semana cuando como a las diez de la noche de ese fatídico lunes, y con una terrible goma que sólo mi juventud la hacía soportable, Doña Marina me llamó y me decía:

-Qué le ha pasado doctorcito, usted anda muy mal mi hijito, a ver ¿porqué bebe? ¿No ve que está echando al traste su vida? ¿Por qué no deja el vicio?... -Siempre me aconsejaba, eran regaños placenteramente sanos... pero cuando yo andaba sano, pero en medio de la cruda ese día sentí tocaron mi orgullo y contesté ofensivo y sarcástico:

-No niña Marina, sólo fue una celebración ayer y se me pasó la mano, pero no padezco del vicio... -así me mentía a mí mismo despreciando el comentario de esta buena mujer.

-Sus compañeros me han dicho que el alcohol le hace daño y también me contaron lo que hizo una vez en un viaje debido al vicio, busque a Dios doctorcito, sólo creyendo y teniendo fe en Él dejará el vicio.

Sentí una estocada profunda a mi ego. ¿Pero cómo se atreve ésta vieja hijelagranputa?  Y sacando pecho y en voz alta repliqué:

-Yo soy estudiante de medicina niña Marina – recalqué con orgullo-, voy a ser médico, atenderé esas enfermedades y vicios, ¿como lo puedo padecer yo? -me creía inmune a cualquier mal mental o corporal, e insolentemente terminé diciéndole: ...y también creo y tengo fe en Dios, pero no creo sólo eso cure vicios y enfermedades, o no estaría usted aquí...

Creí pagarle con éstas irrespetuosas palabras la herida que a mi ego su sano consejo había infringido y a la vez retaba la fe en la que no creía, porqué cuando la busqué no la encontré, pues no la busqué con fe en hallarla...

Fue entonces cuando ella lo dijo:

-Dispénseme, no se lo dije con mala intención mi doctorcito, pero déjeme decirle esta cosa y es que con mi fe yo voy a sanar y mi Diosito no me dejará morir, pero su falta de fe lo llevará a la orilla de la muerte en que yo estoy ahora...

Doña Marina no se equivocó..., 14 meses después yo estaba a la orilla de la muerte.

Desde que ella ingresó al hospital, hacía dos meses, había solicitado permiso para poder salir el 12 de Diciembre, Día de la Virgen de Guadalupe y asistir a la iglesia, ella expresaba con seriedad y énfasis que era una promesa que le había hecho a la virgencita. Lo que no dijo es que ella intentaría entrar de rodillas de la entrada hasta al altar de la Iglesia de la Ceiba de Guadalupe, al occidente de San Salvador, para orar a los pies de la Virgen.

Debido a su estado cada día peor, el médico jefe inicialmente se negó y trató de disuadirla de su idea... pero ella estaba decidida..., así, con la intervención del capellán y el ofrecimiento voluntario de una enfermera para cuidarla, se le permitió ir y dicen -yo no fui- que hizo tal y como prometió, de rodillas recorrió la enorme distancia desde la puerta de entrada hasta el altar de la iglesia... ¡clínicamente un enorme sacrificio físico en su condición!... ¡pero con sublime fe espiritual!...

Días después de cumplida su promesa a la "Virgencita de Guadalupe" sus conteos anormales sanguíneos comenzaron a estabilizarse hacía los rangos normales.

¡Y ante el asombro de todos comenzó a mostrar mejoría!

Dona Marina salió aparentemente libre del flagelo y virtualmente recuperada lo suficiente para que su médico le haya dado de alta dos semanas después, el día víspera de Navidad.

Doña Marina había cumplido su parte de la Premonición que me había dicho, y su Diosito no la dejó morir... Fue realmente algo que no estaba seguro si me alegraba y era porque, sin decirlo ni mostrarlo, traumó mi mente...

Su caso fue la habladuría hasta que los sucesos políticos cerraron la Universidad seis meses después, y por ende, la Escuela de Medicina...

¡Pero entonces comenzó la Premonición de Doña Marina sobre mí!


Tamen
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