6/19/2009

La Casita de Monseñor

Que el culero fuese el Arzobispo de San Salvador no me impresionó pues a mi corta edad nada entendía de esos volados de jerarquía eclesiástica.

Que el hombre fuera culero tampoco me sorprendía, y para entonces ya entendía la “mala” palabra culero. Los había visto cuando señalados por los grandes vagando en ciertas partes de la ciudad. Ellos me habían instruido que detrás del Parque Infantil, en los matorrales de la finca Guadalupe, y alrededor de los Juzgados, se hallaban “maricas” a cualquier hora del día; también había en los matorrales alrededor del Seguro Social, orillando el río Tutunichapa, en el Arenal, etc., los “maricones” en San Salvador entonces no se escondían en closet, como sus congéneres gringos, sino en matorrales dentro de la misma ciudad. Y llamar a un varón culero era un insulto de romperse la madre.

Pero cuando pensé que el culero en cuestión era el cura que me daba la sagrada hostia me dio vasca y ganas de vomitar, un párvulo aborrecimiento de esos que dan ganas de chillar... Ya desde corta edad se me había inculcado sentir repugnancia por los homosexuales, y no era que mis tatas me dijeron: Hey vos, odia siempre a los culeros, ok?, era el machismo del ambiente que lo hacía congénito.

Pero en este caso era peor pues el cura era alguien que me había pasado su mano por mis mejillas, acariciado mi cabeza pelona con el corte pato bravo, y no sólo a mí, sino a toda la manada...

Pasó que en los 60s, me enrolaron en el Grupo Scout Quinto “El Cid Campeador” de Catedral en San Salvador. Debido a mi edad me ubicaron en los Lobatos. Nuestro Aquela era Saúl Najarro, reconocido Bombero Nacional, algunos años después alguien me ronroneó que era también canelón de los matorrales del sur, pero con nosotros siempre se mostró macho..., aunque siempre me picó saber porqué nunca lo había visto con algún culo, y ¿qué hacía algunas veces, en horas raras, paseando en su bicicleta negra de panadero por los alrededores del Parque Infantil?.

“La Manada” de Lobatos estaba dividida en seis seisenas que escogían un color y ese era el nombre de la seisena, cada una con un seisenero y un subseinero. A mí me ubicaron en la seisena gris donde conocí otro mono como yo que le decían “el criollo”, pero no porque tuviera sangre europea, pues era más prieto que yo, le apodaban el criollo sencillamente porque se apellidaba Criollo. Pero este Criollo era un tremendo cabrón y era dos años mayor que yo, que para entonces yo ya “andaba” en diez años.

Un día miércoles por la noche en Catedral, había reunión familiar la cual no era accesible para nosotros porque sencillamente mucho jodíamos, y por una hora teníamos que matar el tiempo dentro del enorme templo en construcción. Catedral entonces era un vergo de ladrillos, arena y varillas de hierro por todos lados. La misa era en el sótano, o parte baja del templo, no había cúpula, y las dos torres campanarios de la entrada apenas llegaban a la mitad de su altura actual... la lenta reedificación de Catedral después del incendio de 1951 comenzó en 1956, y llevó muchos años finalizarla como está actualmente.

Esa noche, como era costumbre en estas aburridas noches de reunión familiar, con el criollo nos íbamos a pendejear dentro de la iglesia.

En las dos torres los Lobatos teníamos “las guaridas”, lugar donde las varias seisenas se reunían. Allí se iba la mayoría a ver Plaza Barrios, el Banco Hipotecario, y el Palacio Nacional desde lo alto... Pero había un bonito jardín en la parte de atrás del templo, y dentro de ese jardín había una pequeña casita bien cuidada, esa era la casa-oficina del arzobispado, y en ese tiempo era Monseñor Luis Chávez y González el Arzobispo de San Salvador.

Esa noche vagando por la casita oímos voces que venían del escondido jardín, y de chutes nos fuimos a ver cuál era la bulla. En la puerta de entrada de la calle había dos hombres parados sosteniendo la puerta abierta. Un florido y corto pasillo separaban la puerta de la calle con la puerta principal de la casa. Dos tipos uniforme verdes, con cachucha y todo, esperaban alguien que iba entrar, lo cual hizo un momento después uno con traje oscuro. Nos hallábamos apenas cinco metros de ellos, escondidos entre plantas y oscuridad, pero de allí se apreciaba la puerta de atrás y parte de la entrada principal a la casa, y de la cual vimos entonces salir al Arzobispo Chávez y González vestido de civil, él parecía esperarlos con la puerta abierta y un mambo de Pérez Prado saliendo del interior de la casa.

Los dos militares y el de saco saludaron a Monseñor y entraron a la casa, nosotros nos miramos con el Criollo.

-Te apuesto que Monseñor es culero –me decía el criollo cuando Mario, el chofer de Monseñor, salió de la casa por la puerta de atrás, ¡y pareció oírnos!, al verlo nos paralizamos..., ya sabíamos que Mario era paloma con nosotros, y si nos veía por allí nos castigarían, que no era nada, lo que enculillaba era la consiguiente vergueada de mi tata... contuvimos nuestra respiración... Mario echa una rápida miraba hacia la oscuridad en que estábamos, pero no nos vio, y sacándose un cigarro se encaminó a la salida... entonces yo salgo echo un cuete para dentro del templo.

Me valió pelones la bulla, pensando que eso era lo que naturalmente el Criollo había pensado también e iría corriendo a la par mía, pero cuando entré al templo volví a ver a todos lados y me encontré sólo,

-¡Hijueputa, agarraron al Criollo! -me dije, y me fui al pequeño recinto orilla de calle donde se hacía la reunión, sentí alivio ver gente afuera, era señal que ya había terminado el volado, entonces vi a mi mamá despidiéndose de don Elías, el platero, y Presidente del Patronato.

Los sábados, a la una de la tarde, nos reuníamos toda la manada en las afueras de la terminal de Occidente. Todo eso eran llanos y pequeños bosques. Más de alguna vez hicimos fogatas nocturnas en ese lugar, pero la que nunca olvido es la fogata de despedida que le hicimos al Aquela Saúl Najarro cuando se retiró del Grupo... pero ese sábado por la tarde el Criollo y yo no estábamos en lo que estábamos.

-La cagaste saliendo escupido, te hubieras calmado, Mario ya se iba de todas maneras. -me dice el Criollo con mirada encachimbada
-¿Y no te agarró Mario? ¿Qué pasó entonces?
-Sólo esperé escondido que se fuera, mirá, me escabullí por la ventana pero las matas allí joden la vista hacia dentro, no pude ver nada.
-¿Y qué crees que hacen?
-No sé, pero me quito un huevo si Monseñor no es culero...


Entonces pasó un par de meses cuando otro Sábado la seisena gris tenía que confesarse para poder comulgar el día siguiente en la misa dominical de las 8 a.m. ¡La seisena gris todo ese mes estaba de planta! Era la responsable de pasar la canasta y recoger el diezmo durante la misa por la mañana.

A las cuatro de la tarde de ese sábado la seisena se alineaba para confesarse en el pequeño pasillo de la calle a la casita de Monseñor, pasillo que atravesaba en medio de un pulcro jardín, atractivo y bien atendido. La confesión duraba de tres a cinco minutos y la hacía más a menudo el obispo auxiliar Monseñor Arturo Rivera y Damas, futuro Arzobispo también... pero ese Sábado nos tocó Monseñor Chávez y González, que no era ni fue la única vez que nos confesaba.

Yo entro a la casa... Monseñor vestido con el atuendo de sacerdote espera sentado en una cómoda silla del cuartito que hacía de confesorio, entonces me paro frente a él, lo veo fugazmente, me arrodillo a medio metro de distancia, agacho la cabeza con mis manos en señal de oración... ¡entonces me doy cuenta!..., ¡Monseñor andaba usando zapatos de básquetbol!...

Monseñor era frente ancha, piel pálida, y ya canoso, andaba en sus seis décadas entonces, pero bien hartado y cuidado, aparentaba energía y salud...

-Ave María Purísima... y me pone su mano derecha en mi pelo pato bravo... siento escalofríos y me da piel de gallina... no le confieso mucho porque no podía pensar...

-Dos Aves Marías y tres Padres Nuestros... ¡y se acabó la confesión!.

Pero lo más verga era que esa noche había también reunión familiar, ¡con refrigerio gratis¡, la reunión familiar comenzaba después de la comida vergona que daban para atraer los padres de familia a las reuniones, y era tan bueno el faje que la reunión siempre estaba llena, no sólo de familias de Lobatos, sino también de Boy Scouts... pero los Lobatos, por ser los más cipotes, siempre comían primero porque no cabíamos todos en el recinto.

-Vamos a guachar la casa, a ver que pasa... me dijo el criollo después de la cena. Ya estaba oscuro, la reunión apenas comenzaba y teníamos una hora, ¡tiempo en puta!... llegamos a la casita y vemos la puerta trasera abierta... entonces el criollo me lava el coco dándome paja para que entremos, atravesamos la cocina, dos dormitorios y el pequeño confesorio donde nos confesamos más de tres horas antes, la casita estaba vacía!... llegamos a la sala-comedor-oficina, bien aseada y olorosa... entonces se oye la puerta de atrás siendo cerrada, a la vez vemos por la ventana enfrente que figuras vienen en el pasillo de la calle...

-¡Puta!, el cabrón de Mario, escóndete –me dice el Criollo metiéndose a la vez detrás del estante lleno de finos candelabros, platos y brillantes cubiertos de plata... no me quedaba más que debajo del enorme sofá de madera, levantado del piso lo suficiente para que un mono seco como yo cupiera... Se abre la puerta y entran tres individuos y el Arzobispo, todos usando pantalones blue jeans y zapatos All Stars... se sientan en las cuatro sillas de la enorme mesa de comedor... diferente color de camisas..... llega Mario y saca de la bolsa que lleva una botella cuadrada con líquido café poniéndola en medio de la mesa... me refundo más en lo profundo del piso frío de ladrillo pulido, debajo del sillón, con una pálida de la gran puta, y que sólo un corazón de diez años podría soportar. Monseñor entra al confesorio y luego sale trayendo algo que coloca en medio de la mesa, ¡son naipes!, comienza a sonar paquito eché de Benny Moré, y antes de los cuatro echarse el primer vergazo, levantan y golpean las copas con hielo en medio de la mesa diciendo “salú”...

¡A la púchica, incluso Monseñor es bolo! -me digo en mi mente... Pero una sonrisa se dibujó en mi cara en medio de la culillera al pensar que el criollo se iba a tener que quitar un huevo.

Pero pasa una hora..., el criollo detrás de la vidriera y yo debajo del sillón...
-Boca -dice Monseñor...
-Cinco bolas...
-Paso.
-Pagado.
-Pago por ver.
-Pues yo le pongo cinco más,
-arremete Monseñor.
-pues yo voy como Vicente.
-Pagado ¿qué tenés Luis?...
-Cantinflas...
-Malo, quequeisque...
-Puta, ya me bajaron 25 vergas con ésta
-dice el del bigote espeso, quien después de una hora chupando, fumando, y jugando póquer, ya sonaba medio a verga para entonces,...

¡Las ocho y media de la noche!... La sala apesta a licor y cigarro... ¡De repente entra Mario deprisa!...
-Monseñor, hay un problema, se han perdido dos Lobatos.
-Espérenme, buir a ver...
-No, yo ya me voy, ya me siento medio a verga y voy a Santa Tecla.
-ok, dejémelo aquí...
-terminó diciendo Monseñor, y estrechando la mano a todos, se fue... y los amigos del Arzobispo, después de echar un miarbolito, se fueron también... la casita quedó sola...

¡Y esta vez sí los dos pensamos lo mismo, y con el criollo a la par, salimos hechos pedo!.

Dos Sábados después nos hallábamos de nuevo con el Criollo en medio de un “rally” en la Casa Scout, detrás del Liceo Salvadoreño, pero como siempre de monos despistados, el Criollo y yo no estábamos en lo que estábamos... y él me dice:

-Omar Herrador dice que lo ha visto salir de la pieza de la cholera culona de la cocina.
-¿Y qué querés decir con eso?
-Me quito un huevo si Monseñor no se la está cogiendo...

Tamen
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