2/07/2009

Lo Nuestro - Arturo Ambrogi: Paisajes del Camino

Cae perpendicularmente el sol, encendiendo ofuscantes reflejos en el polvo calizo de la carretera. Es la hora del mediodía, la hora propicia en que los garrobos toman el sol en la cúspide pelada de los árboles, y en que las culebras se enroscan, amodorradas, entre las requemadas macollas. La naturaleza toda parece aletargada, sumida en un sopor de plomo, en el que apenas repercute estridente, el agrio chirriar de las chicharras y los chiquirines.

A ambos lados del camino se enristran, hasta perderse de vista, las cercas de piña, cuyo verde de esmalte, deslustra espesa capa de polvo. Las enredaderas, interpoladas entre las pencas espinosas, se han marchitado; y el entreveramiento de sus bejucos tostados, figura enjambre de víboras en celo. La hora es ardiente. Los pájaros enmudecen, dormitando la siesta. Sólo unos cuantos pijuyos resisten la temperatura, saltando con torpezas de tullidos por entre los varejones de las escobillas, armando una batahola de mil diablos.

Para los pijuyos la hora del mediodía, es hora de delicias, y en medio al fuego canicular, ellos están como en su elemento, felices y satisfechos. En la soledad de un potrero, unos cuantos bueyes, echados a la sombra enrarecida de unos guachipilines, rumian despaciosos, lentos, entrecerradas las pupilas, la última brizna de hierba ramoneada. Los moscardones la asedian tenazmente, entre zumbidos que repercuten en vibraciones de bronce; pero ellos parecen no darse cuenta, sumidos por completo en la beatitud del momento. El cono de paja de un rancho, resplandece como una colmena de oro. Al abrigo del comedor, sobre el suelo apisoneado, unos perros héticos dormitan, mientras unas gallinas les picotean entre las costillas, persiguiéndoles las pulgas. En el poyo, el rescoldo humea. La mano descansa en la piedra de moler acabada de lavar. Unos cuantos pollos desplumados revuelven en un rincón un destripado matate de tusas. El rancho duerme, rodeado de las inmóviles matas de plátano, bajo la lluvia de flores rosadas que botan los caraos.

En el promedio de la carretera, entre los troncones macheteados de unos quijinicüiles, y al abrigo de sus tupidos follajes, están, desunidas, hasta ocho carretas, cuyo cargamento cubren cueros de res sujetos por redes de lazos. Los bueyes desenyugados, apersogados a los troncos de los árboles, mascan el huate, desparramados. Las doradas hojas, los tostados tallos, crujen entre los dientes que los trituran. Bajo la cama de las carretas , sobre el caldeado colchón de polvo, con la charra embrocada a la cara, los carretones duermen a pierna suelta. Por entre la abierta sesgadura de la camiseta grasienta, el velludo pecho asoma, que ronca como fuelle en acción. Los moscardones zumban, y la monotonía de sus monocordios, arrulla el descanso de los rudos trabajadores. Por el tupido follaje de los quijinicuiles, cuelan encajes de sol, que se calcan sobre el piso, poniendo en la uniformidad gris de la capa de polvo la alegría de frágiles bordados de oro, como en una frazada de gigante.

De pronto, una nube de polvo se levanta a lo lejos, al término del camino. Primeramente aparece fija, como si fuese la humareda de una quema; luego por momentos, se agranda, al acercarse, ascendiendo en espeso manchón que se dilata ensuciando la limpidez reverberante del cielo en el que el azul es de cobalto. Entre la columna de polvo, suena el pisotear de una recua de mulas cargadas, que llega, que pasa, que se aleja, estimulada por los propios pujidos, y por el restallar de los aciales. Y conforme la estruendosa recua se aleja, la espesa nube de polvo se aclara poco a poco, descubriendo trozos de paisaje, hasta que la última partícula se asienta, y todo, uniformemente, brilla como antes, bajo el sol ardiente e impetuoso.

Por ARTURO AMBROGI
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